| La exposición está dividida en dos espacios diferenciados: El Triunfo del hombre y el Triunfo de la Razón. Veremos cómo los cambios de mentalidad que han ido sucediéndose a lo largo del tiempo se reflejan en los objetos expuestos. Determinadas creencias que en un momento dado eran comúnmente aceptadas, con el paso del tiempo son consideradas chocantes e incluso nos hacen sonreír. Un retrato de Ana Mauricia de Austria, pintado por Juan Pantoja de la Cruz en 1602, refleja el temor de la época ante la elevada mortalidad infantil. La infanta porta, junto con una cruz y dos relicarios, otros elementos protectores, como un colgante con representación de la higa (imagen de una mano colocando el pulgar entre el dedo índice y el corazón), para ahuyentar el mal de ojo, un colgante de coral, que garantizaba la salud del recién nacido. Otro de cristal de roca, que favorecía el buen estado de la leche materna, y un colmillo de jabalí, para favorecer una sana dentición. Como exponente del arte grecorromano encontramos una Herma Bifronte del siglo I procedente de Sagunto. Originalmente estas representaciones se colocaban en los límites de las fronteras o para delimitar los caminos. Anualmente se realizaba una ceremonia por la cual se adornaba al dios Jano con guirnaldas y otras ofrendas para conseguir que la frontera de campos, ciudades o reinos, no fuera objeto de litigio. También de la época clásica se expone una bulla, especie de colgante con forma de caja en la que se introducían hierbas, piedras o escritos de carácter protector. Los llevaban los niños, quienes cuando llegaban a la adolescencia, los ofrecían a los dioses lares o a Hércules y las niñas a la diosa Juno. La Edad Media fue depositaria de una serie de tradiciones ocultas en manos de determinadas élites. Muestra de ello es el facsímil del Lapidario de Alfonso X el Sabio, que enumera las propiedades de las piedras preciosas y su relación con determinados signos zodiacales. |