LA CIUDAD El Imperio más grande y funcional del que tenemos memoria ha sido el Romano y partió de una ciudad: Roma. Los oradores comenzaban sus arengas gritando “A la Ciudad y al Mundo”, adelantándose con ello al concepto urbanístico de relación de campos psicológicos que, teniendo como base el hogar, encuadran al hombre en su proyección imaginativa hacia la ciudad y el mundo, recién alcanzado por los especialistas en los últimos decenios del siglo XX. Todos las ciudades construidas por los romanos, o modificadas por ellos, tenían una forma perimetral aproximadamente cuadrada; las cruzaban dos grandes avenidas, Decumana y Cardo, que las dividían en cuatro segmentos de tamaño progresivo. Cuatro puertas principales les daban entrada y salida sobre los flancos. Y su división interna se hacía en base a figuras geométricas cuadriláteras de manera que las calles interiores fueran lo más rectas posibles y de fácil circulación. Esta distribución verdaderamente natural y tan perfecta que aún nada ha logrado superarla, provenía de los campamentos militares que los ejércitos en marcha levantaban cada noche que acampaban, o en los períodos de invierno cuando las tropas quedaban inmovilizadas por razones meteorológicas y estratégicas. Pero había una excepción: la propia ciudad-madre: Roma. Es que esta urbe, que en tiempos del Imperio llegó a albergar no menos de 1.220.000 personas, tuvo su origen remoto en el considerado mítico hasta hace pocos años. Eneas, el despojado príncipe troyano que escapó de su ciudad en ruinas llevado por los presagios de la fundación de una “nueva Troya”. Así, a finales del segundo milenio a.C., habría desembarcado en un punto cercano al río Tíber, siendo acogido por el rey Latino. Eneas se casó con su hija y fundó la ciudad de Lavinio. Julio, hijo de Eneas, fundó Albalonga en la cual, a lo largo de unos 400 años, reinaron catorce reyes. Al final de muchas peripecias, aparecieron Rómulo y Remo, quienes fundaron una ciudad a semejanza de las anteriores, arcaicas, aunque ya la llamaron la “Roma Cuadrada”, con cuatro puertas. En un duelo, Rómulo mató a Remo, y durante las festividades de Palas quedó oficialmente fundada la nueva ciudad, en el 754 a.C. Se le conocen tres épocas: la Monárquica (753-509 a.C.) la Republicana (509-27 a.C.) y la Imperial (27 a.C.-476 d.C.). Luego vendría una larga agonía en que la esplendorosa Roma quedó convertida en un vasto basural y cantera de piedras, habitada en plena Edad Media por menos de 30.000 personas. En la época de Augusto, y en los comienzos de nuestra Era donde nos colocamos, la vida cotidiana reflejaba subconscientemente estas tres etapas. El jefe del hogar o “pater familia”, era una especie de rey en su casa, tanto que, hasta la época de Octavio Augusto tenía –si bien más nominal que tácticamente- el poder de vida y muerte sobre toda su familia carnal. El oficiaba ante el altar de los Dioses Lares y los antepasados tres veces al día: al amanecer, a media jornada y cuando el sol desaparecía. Su esposa, hijos y demás parientes, así como los esclavos servidores de la casa, colaboraban con él de alguna manera y debían estar presentes. Por otra parte, el “pater familia” estaba muy abierto al diálogo y en las “sobremesas” romanas se trataban todo tipo de temas; al caer la noche, luego de la cena, solía informar a todos de las novedades del día de los rumores y de lo que el Diario Oficial había publicado. A su vez, era un emperador en pequeño que recibía un trato cariñoso, pero en lo formal, sus ropas y actitudes, su mobiliario y joyas resaltaban su condición especial que se percibía a simple vista. En el momento de su máxima extensión y grandeza, Roma era una ciudad en la cual fulgían los bellos templos y palacios a la vez que se amontonaban los primeros “rascacielos” de la Historia, los “insulae”, pues abarcaban pequeñas “manzanas “, y sobre las calles estrechas daban una sensación de mayor altura y aislamiento que la que en realidad tenían. El mismo César Augusto limitó su altura a nueve pisos, equivalentes a unos 35 metros de altura, pero esto no siempre se respetaba. El piso principal era el segundo, y a medida que se ascendía, los pisos y departamentos eran más humildes. Todos tenían ventanas a la calle y los unía una escalera, frecuentemente de madera. El agua, tan abundante en Roma, y que llegaba a todas partes por un excelente sistema de tuberías de plomo, en muchos de estos edificios no tenía presión como para pasar la segunda o tercera planta, por lo que las superiores la obtenían por simples cubos en montacargas, que también servían para elevar la comida, cosa que aún se usa en ciudades como Nápoles y Estambul, como el autor de este trabajo pudo comprobar. Estos “rascacielos”, que llegaron a tener en algunos casos 50 metros de altura, eran un peligro par ala ciudad, pues los incendios se extendían fácilmente en ellos, dado que sus áticos eran de madera y la calefacción no era del tipo “central “, como en los buenos edificios sino en base a hornillos, y se alumbraban con inestables lámparas de barro. Los bomberos, que los había en Roma y en todas las ciudades importantes del Imperios, así como en las grandes villas, mundos de bombas aspirante-impelentes y mangueras de boca de bronce rematada por un caño flexible hecho probablemente en hule, no podían hacer llegar los churros de agua a tan gran altura, y algunas veces estos edificios se demolían con tiros de catapultas especiales, que también llevaban los bomberos. El peligro del fuego era siempre grande en la ciudad romana, y en la Capital existían enormes murallas interiores corta-fuegos, cosa que no alcanzó a impedir varios desastrosos incendios que los rumores atribuían a incendiarios de todo tipo, desde guerrilleros urbanos hasta a Emperadores, aunque lo más probable es que hayan sido de origen accidental. Roma tenía agua en abundancia; se calcula que cada ciudadano consumía unas siete u ocho veces más agua que un habitante actual de la capital de Italia. Grandes acueductos convergían sobre la ciudad, provistos de “sifones” y plantas de purificación en base a arena y piedras en los casos necesarios. Toda el agua que llegaba a Roma era potable. Las casas estaban conectadas a la red por tubos laterales y el líquido impulsaba también las maravillosas fuentes públicas que, como la “Metasudans” de época neroniana, se elevaban a más de 30 metros sobre las cabezas de los peatones. Roma era una ciudad congestionada: tanto, que a principios de nuestra Era su centro fue declarado estrictamente peatonal y los vehículos sólo entraban por las noches, para los abastecimientos. Las gentes, salvo las Vestales y otras damas notables que utilizaban palanquines, iban andando y eran tranquilas, pero grandes caminantes. Los caballos se utilizaban poco dentro de la ciudad, salvo en las festividades, “Triunfos” y desfiles militares. Esto se había promovido en época imperial para mantener la higiene de las calles, que eran lavadas y barridas cada noche, pues no existía un servicio especializado en recolectar los desperdicios que solían amontonarse en espacios delimitados de cada manzana. |