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Paracelso: Mago, médico y alquimista

Beatriz Diez Canseco

Segunda Sección

Por todos lados los mineros iban y venían, una gran movilización y agitación se percibía en el ambiente. Paracelso caminaba observando con mirada curiosa las grandes máquinas y todo el barullo de esta vieja fábrica a la que su padre siempre le dedicaba especiales cuidados, de pronto le llamó la atención los pálidos y envejecidos rostros de los trabajadores de la fundición.

-¿Por qué tienen esa desmejorada apariencia? preguntó al anciano trabajador que lo acompañaba. Matías, era un viejo minero y se sintió incómodo frente al hijo del doctor y amigo de sus patrones por lo que respondió casi sin importancia

-Es normal, pues los hombres se pasan el día respirando el polvillo que botan las calderas.

Este detalle no pasó inadvertido a Paracelso que imaginó lo enfermo que debían estar los mineros, sus primeros estudios le llevaron a concluir que una masa petrificada estaba formándose en los pulmones y este era el motivo que los llevaba a la muerte. Escandalizado se dijo,

- “Cuando sea médico, me esforzaré por salvar a estos trabajadores de la fatalidad que los mata prematuramente”.

Años más tarde empezó una vida errante, que le permitió estudiar en famosas escuelas y universidades y conocer a los más grandes Maestros de su época, como el obispo Eberhard Baumgartner, de la congregación de los benedictinos del monasterio de San Andrés, y con el Abad Juan Heindemberg, llamado Tritemio o Tritemius, por el lugar de su nacimiento: Treitenheim, cerca de Tréves. Este reconocido sabio y alquimista, dejó una fuerte impronta en la inquieta mente de Paracelso y orientó sus investigaciones al conocimiento de las fuerzas misteriosas del mundo invisible.

Paracelso poseía una inteligencia fuerte y clara, y afirmaba con mucho énfasis que, "El verdadero médico, así como el verdadero sacerdote es ordenado por Dios". Su Alma buena y generosa se mostraba en el sacrificado amor hacia todos los hombres que lo requerían. Se cuenta que con sus pacientes, era muy bueno y tierno y no cesaba de repetir a sus discípulos, que el primer deber del medico es el de demostrar afecto a sus enfermos. “Si nuestro cariño es bastante intenso, nuestra medicina dará buenos frutos, si nuestro amor es débil, en los frutos habrá gusanos.”

En aquella época ya empezaba a adquirir renombre por la extraordinaria capacidad de curar los más complejos males, pero con la misma intensidad que crecía su fama, aumentaba la envidia de los médicos y personajes apegados a la letra muerta de los escritos medievales. Con un ejemplar valor, sin temor a las críticas, acusaba de negligentes a sus colegas, por la ciega veneración que profesaban a las autoridades del medioevo.

“El polvo y las cenizas respetadas por estos espíritus estériles, se habían elaborado y transformado en materia importante”, escribió años más tarde, recordando aquella época.

Su filosofía como la de todos los grandes del Renacimiento tenía sus raíces en el mundo clásico y encontramos la huella del neoplatonismo en su constante anhelo por elevar y unir su Alma con Dios, a fin de poder comprender la expresión de este Espíritu Divino en el Universo.

Percibió la mano de Dios en toda la Naturaleza, en las profundas montañas y en la resistencia de sus piedras; en la bóveda celeste, por donde se desplaza el luminoso carro del Sol al amanecer y en la barca de la Luna que acompañada por sus estrellas ilumina en lo más oscuro de la noche; en los verdes prados y en los bosques, donde crecen las flores y los frutos que nutren y sostienen la vida; en las aguas de las fuentes y manantiales con sus dotes curativos y en fin Paracelso sabía que la Naturaleza era la gran obra de Dios y el médico debía esforzarse por conocerla y descubrir los remedios que el “Sumo Boticario” habría dispuesto para cada enfermedad.

Paracelso, fue un místico, y este elevado sentimiento lo acompañó siempre en el tenaz esfuerzo por alcanzar la sabiduría. Alentaba a sus discípulos para que se dirijan a la naturaleza y busquen el conocimiento mediante la profunda observación. Abría las puertas de su laboratorio y organizaba excursiones para familiarizarlos con las plantas medicinales, y en filosóficas reflexiones les decía:

-"Todas las praderas y los campos, todas las montañas y colinas son farmacias. Quien quiera investigar la naturaleza, debe recorrer sus libros con los propios pies. Los escritos se descifran por medio de sus letras, pero la naturaleza se descubre, yendo de tierra en tierra, y considerando a estas, tan pronto como tierras, tan pronto como páginas. Así como en el Codex Naturae, es menester dar vueltas a sus hojas”.

Es indudable que para la época Paracelso resultaba un personaje misterioso tanto por su vida enigmática y solitaria, como por sus profundos conocimientos acerca de la magia, alquimia y filosofía esotérica. Más su nobleza fue tan grande que a pesar de la incomprensión, de las injurias y ataques de que fue victima supo siempre mantenerse fiel a su vocación asumiendo con valor y generosidad la difícil suerte que el destino le había deparado. Vivió al servicio de sus pacientes y de la humanidad entera por la que trabajó incansablemente para curar sus males del alma y sus dolores del cuerpo.

Que fue acusado de haber hecho un pacto con el diablo, es cosa muy natural en los grandes innovadores de la época, así como no debe admirarnos que fuera asesinado por un enemigo desconocido a la temprana edad de 48 años en Salzburgo.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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