Ha sido - y empleamos el tiempo pasado porque le queda poco tiempo para acabar - un siglo muy curioso. Se abrió paso en medio de revoluciones de toda índole, agitando banderas liberales, pero sin poder desprenderse del horror de las guerras y la muerte, de los genocidios, de los enfrentamientos absurdos y de posiciones obtusas y rígidas, totalmente opuestas a las teorías que se predicaban. Las evidentes desigualdades sociales y las más evidentes injusticias que provocaban esas desigualdades, volcaron el acento de la atención en los esquemas materiales de vida, en la consecución del bienestar a toda costa, en la denigración del trabajo y en la exaltación de la comodidad que la técnica y la ciencia nos iban a proporcionar a medida que se desarrollaran más y más. Así fue como la máquina se volvió más importante que el hombre, y el hombre ya no fue esclavo de otros hombres sino de las máquinas que presuntamente le debían ayudar a vivir mejor. Pero junto al culto a la materia se desarrollaron solapadamente otros cultos aparentemente ilógicos. Desde la mitad del siglo se volvió al amor por los vaticinios, pues la materia era un dios muy exigente que obligaba a conocer sus ocultos deseos. Muchos, lo confesasen o no, leían horóscopos y predicciones, recurrían a hierbas mágicas y a brujos especializados, a curanderos conocidos o desconocidos y a videntes que nos despejarían el oscuro horizonte de un porvenir espeso y no muy concreto. Figuras santificadas e imágenes de la Virgen, se aparecían por doquier, indicando a los hombres que no iban por el camino acertado. Sacerdotes de todas las religiones predicaban sobre el fin del mundo, haciendo que volviésemos los ojos asustados hacia el año 2000, tal como ya había pasado un milenio antes. Y surgieron nuevos sacerdotes de nuevos cultos, sectas y moralizadores que llenaban como fuese la ausencia del esoterismo, el vacío de espíritu, la orfandad de Dios. Llega el siglo a su fin en medio de brujos y consejeros que asesoran a los líderes de mayor prestigio internacional, de astrólogos que todos los años lanzan sus profecías más o menos acertadas, más o menos difusas para quedar bien con todos. La astrología gana terreno a pasos agigantados, pero lejos de la ciencia que le dio nacimiento, hoy interesa como fórmula para ocupar primeros puestos, mayor prestigio social, fortunas más sólidas; o bien, en pequeña escala, para ganar el amor de la pareja o la lotería de la próxima semana. Abundan espantosos exorcismos que no se veían desde la pasada edad media, como si el diablo se hubiese vuelto a adueñar de la tierra y, curiosamente, conviven las mentes científicas más esclarecidas con los que están convencidos de que el diablo les acecha en cualquier esquina para colarse por cualquier rincón de nuestro cuerpo, monstruo al que hay que expulsar por los medios que sea para que no nos quite la tan soñada felicidad de este mundo, aquí y ahora. EL PODER ECONOMICO SE ACOGE AL PODER ESOTERICO Al margen de este pseudo esoterismo deslucido y nefasto que ganó las plazas de nuestos últimos decenios, parecían quedar los hombres de negocios, los materialistas empedernidos que sólo viven para acrecentar su fuerza económica y social. Pero también la economía se ve envuelta en este hálito de locura... o tal vez en este extraño anticipo de un nuevo esoterismo que se abrirá paso con los años venideros... Ya no asusta ni resulta extraño leer que el complejo mundo de las finanzas tiene sus brujos o "gurús", que la bolsa de valores y las subidas y bajadas de los mercados internacionales también están sujetos a las premoniciones que unos cuantos "expertos" lanzan a rodar entre sus filas de creyentes y seguidores. |