“Non nobis Domine, nom nobis, sed Nomini tuo da gloriam” Nada para mí Señor, nada para mí, todo para la gloria de tu Nombre Retrocedamos en el tiempo, sumidos en nostálgico sueño, para despertar en la sagrada tierra de Jerusalén, a punto de extasiarnos en la contemplación de cómo el sol da vida con su luz a las iglesias cristianas, a las mezquitas árabes y a las sinagogas judías, testimonio todas ellas de un verdadero Cielo Universal. El Rey Balduino II está sentado en su trono mirando con gesto complaciente al caballero que, entre sonidos de hierro y clarines, ha hecho crujir las losas de piedra al clavar su rodilla en tierra. Es una mañana de primavera del año de gracia 1118 y el caballero que permanece con la cabeza inclinada se llama Hugo de Payns. Tras él brillan los ojos acerados de Godofredo de Saint Omer, y unos pasos más atrás hay otros siete caballeros que llevan su nombre escrito en el filo de sus espadas: Godofredo Bisoi, Godofredo Roval, Pagano de Mont Didier, Archembaldo de St. Amaud, Andrés de Montbard, Fulco d´Angers y Hugo I, conde de Champagne. Tal vez este fue el origen de la misteriosa Orden del Temple que tomó su nombre, según dicen, de su primer lugar de residencia: justo encima de las caballerizas del antiguo Templo de Salomón. El objetivo aparente de la Orden en la Ciudad del Santo Sepulcro era “velar por la seguridad de los caminos y las carreteras, cuidando de modo especial de la protección de los peregrinos”. No sabemos cómo y de qué manera nueve caballeros tan sólo iban a proteger a las riadas de peregrinos que llegaban a Jerusalén, en aquel entonces ocupada por los musulmanes e infestada de bandidos y salteadores de caminos, pues lo cierto es que durante los nueve años siguientes no admitieron a ni un solo caballero más en la Orden ni tampoco ninguno se dio de baja en aquellos años. Por otro lado, se sabe que Teocletes, sumo sacerdote de los nazarenos juanistas, instruyó a Hugo de Payns en la verídica historia de Jesús y del cristianismo primitivo, y posteriormente otros dignatarios le iniciaron en sus misterios. Todo esto, como veremos más adelante, hace sospechar que el verdadero objetivo de la Orden era de otro tipo y que, por supuesto, debía estar velado a los ojos de los profanos. En cuanto al nombre de “templum”- y no es extrañar que Hugo de Payns fuera instruido también en esto- significó primero el espacio libre del cielo entero, considerado para servir a las observaciones del augur, quien lo subdividía entonces, según los ritos, trazando con su bastón o varita diferentes líneas en el aire (de donde viene el verbo contemplar). Por analogía se aplicó templum para designar las grandes extensiones, como la del mar, la del cielo, y hasta la del mundo entero. Luego pasó templum a significar espacio circunscrito, trazado por el augur, aunque fuera en el suelo o en la tierra, ya para examinar el templum del cielo, ya con otro fin sagrado cualquiera. Y, por última extensión, significó templum un edificio consagrado, notable por su magnificencia, con sus dependencias, bosque sagrado, etc. |