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La inexorable Tijé
En la vieja Roma, Fortuna era la verdadera divinización del destino identificada con la Tijé griega



La inexorable Tijé

María Jesús Ruesga García

Primera Sección

No es una pretensión obligada de quien escribe, llevar a un animoso y curioso lector hacia las polvorientas y melancólicas páginas del libro histórico del pasado de la Humanidad. El pasado duerme, pero quizás extremado silencio nos persigue con su cadena de ancestrales mitos y leyendas. Nosotros, hijos de la era tecnológica, apenas rasgamos el enigmático lenguaje que cubre un sin fin de mensajes universales. Nuestra Ciencia utilitaria y práctica redescubre y reafirma leyes de la Naturaleza que una Ciencia mágica ya conocía y que los hombres intuían como verdades eternas.

La Fuerza del Destino era algo inmanente en el pensamiento del hombre. Cada pueblo, cada civilización le dio su particular nombre, los griegos la llamaron Tijé y los romanos Fortuna, pero el conjunto de los mitos e interpretaciones simbólicas aluden a una misma y común idea: el Destino.

La “Fors”, la Fuerza por excelencia, que decían los romanos, aquella penetradora fuerza que hacía girar la rueda de los ciclos, la plasmación en acto del pensamiento divino. La fuerza que nos lleva y nos trae arrastrándonos hacia islas perdidas y costas serenas, hacia mares inquietos y riberas de tranquilas aguas, nosotros al timón de nuestro barco mientras su soplo impulsa las velas con ansias de vientos y aventuras.

La fuerza de los vientos favorables y la temida fuerza de las tormentas viajaba libre por el mundo mientras los hombres presentían la huella de su mano:

“Conducidme ¡OH poderosísimo Júpiter y tú invariable Destino!, hacia aquello que me tenéis destinado. Conducidme, que prometo seguiros derechamente y de todo corazón. Además, ¿de qué me serviría tratar de oponerme a vuestros designios? ¿No me vería obligado a la postre, a obedeceros a pesar mío?” (Máximas, Epícteto)

“Nunca perecerá nuestra ciudad por el destino que viene de Zeus ni por voluntad de los felices Dioses inmortales. (…) Pero los mismos ciudadanos, con sus locuras, quieren destruir nuestra gran ciudad, cediendo a la persuasión de las riquezas; y con ello las inicuas intenciones de los jefes del pueblo a los que espera el destino de sufrir muchos dolores tras su abuso de poder, pues no saben frenar su hartura ni moderar en la paz del banquete sus alegrías de hoy…; se enriquecen dejándose atraer por acciones injustas…; sin perdonar las riquezas sagradas ni las del estado, roban lanzados a la rapiña, cada uno por su lado y no respetan los venerables cimientos de la Justicia que, callada, se entera de lo presente y lo pasado y con el tiempo llega siempre como vengadora” (Elegía, 2, Solón).

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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