¿Por qué "gurús"? ¿Por qué recurrir a este término sánscrito que tiene un marcado sabor oriental? ¿Es qué no se ha borrado de la memoria subconsciente el recuerdo de los grandes maestros que vivieron allá en el este, en el Asia milenaria? ¿Todavía guarda Oriente el secreto que buscaron tantos y tantos filósofos antiguos en largas peregrinaciones, o Alejandro Magno en sus conquistas, o los viajeros del siglo pasado ansiosos de milagros, o los modernos turistas que siguen pagando para ver levitar a un monje que ni es monje ni levita? "Gurú" significa maestro, y la palabra empleada tal vez significa que los seres humanos siguen buscando maestros, aunque sea en el terreno más práctico y material de la existencia. Así, se desenvuelven estos nuevos profetas, que utilizan variados sistemas para abrir el futuro y sus incógnitas ante la ansiedad de quienes no pueden ver nada más allá de sus propias narices. Los hay que se apoyan en doctrinas tradicionales para predecir el mañana, sobre todo, en la doctrina de los ciclos que enseña que todo es circular en la existencia, que no hay un desenvolvimiento lineal e ininterrumpido; las cosas van y vienen, los hechos se repiten con pequeños matices de variación y los astros, en su lenguaje celeste, escriben con letras especiales aquello que habrá de sobrevenir a la Tierra y a sus humanos habitantes. Los hay que hacen gala de un logrado sentido común, y en base a análisis exhaustivos, obtienen conclusiones lógicas que resultan vaticinios para quienes no son capaces de usar la razón ni unir adecuadamente los razonamientos. ¿Qué estamos presenciando? ¿Un retroceso supersticioso que se remite a dudosas profecías, o una lógica de avanzada? Es evidente que los hombres prácticos, los hombres de ciencias, los hombres amantes del desarrollo tecnológico, se inclinarán por la segunda respuesta. No es que estemos ante magos ni esotéricos gurús, sino ante grandes analistas y aventajados poseedores de una lógica racional que, en este caso, se dedican a prevenir - más que a profetizar - lo que puede suceder en el mundo de las finanzas, mundo del que tanto se espera en estos días, y al que tanto se le teme, cual si fuese una frágil construcción pronta a desmoronarse ante el capricho de las circunstancias. Sin embargo, estos analistas, estos brujos racionales, no pueden evitar la ruptura de los sólidos barrotes del análisis y de la razón. Aún los más serios de entre ellos aceptan el innegable valor de la intuición y confiesan captar un cierto "ambiente" que les permite orientarse en sus afirmaciones. En medio del esoterismo de salón, o del exorcismo terrorífico que nos han acostumbrado a soportar, despuntan chispas del que podría ser el esoterismo que viene. Es curioso que en el templo de la materia, en el reino del dinero, asome nuevamente la tímida raíz del espíritu, del poder de la intuición, la sensación de fragilidad ante un destino que no nos pertenece porque no hemos sabido construirlo, el temor ante un futuro que a veces se pinta de rosa para no abrir los ojos ante el negro y el gris que hemos dejado crecer a nuestro alrededor. Sí, necesitamos volver a tener maestros, necesitamos creer, y sobre todo necesitamos amparar nuestras creencias y nuestra fe en unos conocimientos que nos respondan serena y adecuadamente a nuestras dudas y nuestra ignorancia. Pero para tener maestros hay que saber convertirse en discípulos; para creer hay que recuperar Aquello en lo cual creer y tener fe; para saber verdaderamente y en profundidad hay que recobrar aquel esoterismo tradicional que tantas veces ayudó a la humanidad a abrir puertas y ventanas en medio del dolor y del desconcierto. No en vano estamos a punto de comenzar un nuevo siglo, un nuevo ciclo, una nueva vía en la eterna espiral de la Vida. |