Corre el año 37 desde que Rómulo trazase el cuadrado mágico que establece los límites de la ciudad que estaría destinada al dominio de todos los pueblos sobre la tierra y a dejarnos un legado de moral, arte, piedad, fuerza y voluntad, ejemplo de vida para sobreponernos a las adversidades. Luego de una serie de acontecimientos misteriosos y nada claros para los historiadores, ocurre un hecho que cambiaría para siempre el rumbo de la humanidad: la sorpresiva muerte del Rey Rómulo deja al incipiente pueblo sin gobernante. Roma, que aún era un bebé si tomamos en cuenta la duración de las civilizaciones, está constituida por un núcleo poco homogéneo de gentes, entre los cuales se destacan los latinos de Alba Longa venidos con Rómulo, los Sabinos del rey Tacio, y los etruscos de Lucubo, conformando estos tres la rama gobernante o Patricios, y una amalgama de hombres desterrados sin patria y personas llegadas de todos los sitios de la Italia y Grecia, quienes integraban el pueblo. Se da entonces la disputa sobre quién debe gobernar entre albanos y sabinos. Cada uno lucha por sus intereses, pero antes de que la disputa llegue a la inevitable disolución de la ciudad en la anarquía y luchas civiles, se decide que los albanos elegirán al rey, tomando estos la resolución de pedirle al más virtuoso de entre los hombres de toda Italia que los gobernase. |