Nuestra razón debe aceptar, en toda necesidad, una Mente infinita y eterna, la cual rige y gobierna el océano de la vida [...] El pensamiento y la ideación creativa, en plena armonía con las leyes de unidad y causación, se manifiestan, nítidamente, en la vida universal sin la participación de la escoria cerebral [...] Este principio vital organizador, al dirigir las fuerzas y los elementales hacia la formación de los organismos, llega a ser sensitivo, auto consciente, racial o individual. La sustancia, gobernada y dirigida por el principio vital, se organiza en ciertos tipos, según un plano general definido [...] Pirogoff explica esta creencia confesando que jamás, durante su larga vida entregada al estudio, a la observación y a los experimentos, pudo convencerse que el cerebro podía ser el único órgano de pensamiento en todo el universo; que todo en este mundo, excepto ese órgano, debía ser incondicionado e irracional y que sólo el pensamiento humano debía impartir al universo un sentido y una armonía razonable en su integridad. En lo que concierne al materialismo de Moleschott, agrega: A pesar de cuanto pescado y granos pueda consumir, jamás consentiré en degradar mi Ego en un vil cautiverio de un producto que la alquimia moderna, casualmente, extrae de la orina. Si en nuestras concepciones del universo estamos destinados a ilusionarnos, mi "ilusión" goza, al menos, de la ventaja de ser muy consoladora; ya que me muestra un Universo inteligente y la actividad de Fuerzas que trabajan en éste de forma armónica e inteligente y que mi "yo" no es el producto de elementos químicos e histológicos; sino que es la encarnación de una Mente universal común, la cual, según percibo, actúa siguiendo su libre albedrío y conciencia, en armonía con las mismas leyes que se trazan para guiar mi mente, exentas, sólo, de aquel freno que traba nuestra humana individualidad consciente. En efecto, según las observaciones de este gran científico filósofo: Lo ilimitado y lo eterno no es sencillamente un postulado mental e intelectual, sino que es un hecho intrínsecamente gigantesco. ¿Qué acontecería a nuestros principios morales y éticos, si no tuviesen como base la eterna e integral verdad? Los extractos seleccionados y traducidos textualmente de las confesiones de uno que, durante su larga vida fue un astro de primera magnitud en los campos de la patología y cirugía, muestran su completa sumersión en la filosofía de un misticismo razonado y científico. Al leer las "Memorias" de ese científico famoso, nos sentimos orgullosos al ver que acepta, casi completamente, las doctrinas y las creencias fundamentales de la Teosofía. Con una mente científica de este calibre en las filas de los místicos, las risas irónicas, las sátiras y los escarnecimientos baratos de nuestra grandiosa Filosofía por algunos "librepensadores" europeos y americanos, se convierten casi en un elogio. Nos recuerdan, más que nunca, el grito despavorido y desafinado de la lechuza que se apresura a buscar refugio, en las ruinas oscuras, antes de que se levante el Sol. Como acabamos de decir, el mismo progreso de la fisiología, es una garantía segura de que pronto rayará el día en que el pleno reconocimiento de una mente difundida de forma universal, será un hecho cumplido. Es sólo una cuestión de tiempo. Tememos que existe una profunda contradicción entre el objetivo confesado y las especulaciones de algunos de nuestros mejores fisiólogos modernos; a pesar de que la fisiología se ufane diciendo que el fin de sus investigaciones es, simplemente, el epílogo de toda función vital, para insertarlas en un orden definido, mostrando sus relaciones mutuas con las leyes mecánicas. Si bien pocos, entre ellos, se atreverían a volver, tan abiertamente como lo ha hecho Pirogoff, a las "supersticiones desacreditadas" del vitalismo y del principio vital, el principio de la vida de Paracelso, al cual se le desterró severamente; aún, delante de ciertos hechos, la fisiología se queda perpleja en la cara de sus representantes más hábiles. Desafortunadamente, esta nuestra edad no facilita el desarrollo de la osadía moral. Aun no ha sonado la hora para que la mayoría actúe según la noble idea de los "principios y no los conceptos personales."2 Sin embargo, existen excepciones a la regla general y la fisiología, cuyo destino es el de convertirse en la colaboradora de las verdades Ocultas, no ha permitido que estas últimas se quedaran sin sus testigos. Algunos ya están protestando con vigor contra ciertas proposiciones hasta la fecha favoritas. Por ejemplo: ciertos fisiólogos están negando que las fuerzas y las substancias de la llamada naturaleza "inanimada" son las que actúan, exclusivamente, en los seres humanos. Su argumento bien fundado es lo siguiente:El hecho de que rechazamos la interferencia de otras fuerzas en las cosas vivientes, depende, enteramente, de las limitaciones de nuestros sentidos. En realidad, usamos los mismos órganos para observar la naturaleza animada e inanimada, los cuales pueden recibir manifestaciones de un sólo campo de movimiento limitado. Las vibraciones que pasan a lo largo de las fibras de nuestros nervios ópticos hasta el cerebro, alcanzan nuestras percepciones mediante nuestra conciencia, bajo la forma de sensaciones luminosas y coloreadas. Las vibraciones que afectan a nuestra conciencia a través de nuestros órganos auditivos nos parecen sonidos. Todos nuestros sentimientos, por medio de cualquiera de nuestros sentidos, se deben simplemente a los movimientos. Estas son las enseñanzas de la ciencia física y tales eran, en los bosquejos más aproximativos, aquellas del Ocultismo hace unos eones y milenios. Sin embargo, la diferencia y la distinción más vital entre las dos enseñanzas es la siguiente: la ciencia oficial percibe, en el movimiento, simplemente una fuerza o ley ciega e irracional, mientras el Ocultismo, remontándose al origen de este último, lo identifica con la Deidad Universal, llamando esta moción eterna e incesante, el "Gran Aliento."3 |