Hoy todo lo imaginamos a través de fórmulas, todos los triunfos y las soluciones las ideamos a través de sistemas. Si algo va mal, está fallando el sistema político, si tenemos problemas económicos falla la administración, y no nos llegamos a preguntar en un momento dado: ¿no será algo humano? De alguna forma, ¿no seré yo? ¿Hasta dónde llega el valor de los sistemas? ¿Hasta dónde el verdadero valor no estará en esta pizca de Dios enamorada, que es el Hombre? El hombre tiene su valor fundamental, por eso los antiguos no trataban de comunicar a ese hombre verdades extraordinarias, cosas misteriosísimas, sino que trataban más bien de lavarlo, limpiarlo de todas las cosas del mundo, despejarlo de su propia animalidad, de sus temores, de todo aquello que pudiese impedir su marcha, para que pudiese surgir de dentro hacia fuera, como el loto blanco, desde el corazón mismo de las cosas, y alzarse hasta esa epopteia de llegar al final de cada cosa, que está representada en las columnas cuando vemos abrir sus capiteles a muchos metros del suelo. Ninguna columna abre su capitel debajo, todas lo hacen arriba. Los antiguos nos han dejado un legado de enseñanzas sobre todo esto archivado en sus imágenes. Recuerdo el gran templo de Karnak. En el santuario de Amón, donde están los capiteles de las columnas, aquellos que están algo más alejados parece que fuesen pimpollos cerrados de lotos; los que están más cerca están abiertos completamente al Sol vertical. Es una eterna enseñanza que nos invita a acercarnos a nosotros mismos, a ese centro de poder que todos tenemos en nuestro interior. Las antiguas civilizaciones se ejercitaban generalmente a través de cuatro grandes grupos de Pruebas: Tierra, Agua, Aire y Fuego. Exotéricamente, o sea, exteriormente, esto tiene que ver realmente con la tierra, el agua, el aire y el fuego, pero esotéricamente tiene que ver con ciertos componentes de nuestra personalidad, o sea, con nuestro cuerpo físico, nuestro vehículo de energías, nuestro vehículo psicológico y nuestro vehículo mental, aquel del cual surgen todas las cosas que nosotros recibimos, obtenemos y ofrecemos. Pero las Pruebas en sí eran de carácter realmente físico y reales, muy reales. Se han encontrado, cerca de Siracusa, los restos de un pozo iniciático -yo los he visto- en los que hay una serie de agujeros laterales. Cuando el candidato estaba bajando al pozo, un pozo muy oscuro, por una pequeña escalera, de los agujeros salían manos que lo empujaban mientras voces invisibles le gritaban: ¡te caes! Imaginad el miedo del discípulo, que no sabía que abajo había una red esperándole, o sea que de todos modos no se podía matar. Hoy está prácticamente cegado y lo que se ve son pocos metros, pero entonces tal vez fuesen muchos más. Imaginadle cogido fuertemente a la roca, luchando por vencer su miedo y tratando de seguir adelante un paso más. Vencer no era en ese momento llegar al final de la escalera; esa sería la victoria final. Vencer era el paso a paso, superar un escalón, el siguiente, el siguiente. Uno de los grandes errores que cometemos es que nosotros, frente a una escalera, miramos el conjunto y nos planteamos el subir o no toda la escalera. Esa no es la posición psicológica adecuada para enfrentar la adversidad, sino que hemos de plantearnos subir peldaño a peldaño. ¿Cuál es mi problema inmediato? ¡Este peldaño, no ese, ni aquel! Si mantenemos la mirada exageradamente alta, cosa que a veces les sucede a muchos idealistas, a muchos espiritualistas, es fácil tropezar con los primeros escalones y rodar al abismo. Hay que saber dónde se quiere llegar, pero paso a paso, lentamente, y sin, digamos, planificarlo demasiado. Si sabemos estirar nuestra mano, siempre va a haber algún Ángel bondadoso, real o soñado, que cogerá nuestra diestra y nos ayudará en el camino. Vosotros sabéis que las mejores espadas se hacen a golpes, y se pasan del calor al frío, del frío al calor, de una manera verdaderamente brutal. ¿No necesitaremos también nosotros ser templados? Recibir los golpes de la vida como la espada recibe los golpes sobre el yunque. El que haya visto alguna vez trabajar un yunque, sabrá que junto a los martillazos se puede escuchar otro sonido. Son los gritos del metal que se siente aplastado. Sí, la espada grita pero permanece, grita y permanece, grita y permanece; hasta que al fin ese hierro que no era nada más que un metal simple y sencillo, se va convirtiendo, por los golpes -y por haber sido inmerso en las aguas frías o en las misteriosas sustancias de la aleación-, en desnuda hoja de acero, y entonces, adquiere dureza, corte y elasticidad. ¿No será de alguna forma similar el proceso de nuestra propia forja en la vida? Estaba leyendo en la Revista de Acrópolis, aquí en España, que acaba de salir (1), precisamente un artículo sobre las espadas. Hay en él un relato japonés en el que cae la nieve sobre un cerezo y sobre un sauce. La rama del cerezo, que es muy rígida, recibe la carga de nieve una y otra vez, hasta que se rompe; el sauce, que es más elástico, recibe la carga de la nieve y va inclinándose ante su peso hasta que la nieve cae y esa rama del sauce se levanta de nuevo. Tenemos que volver a lograr ese temple interior, entender que caer es simplemente para levantarse otra vez. Nadie cae definitivamente, pues todas las cosas en este mundo son pasajeras. Todo tiene un valor relativo, nuestros triunfos y nuestros fracasos. En base a esa humildad de corazón, podemos seguir realmente avanzando. Si logramos el dominio de esos cuatro elementos de la Naturaleza en nuestro interior -los llamados Tierra, Agua, Aire y Fuego- tal vez no hagamos milagros, no somos hijos de Amón, al menos de manera directa, pero podemos hacer ciertos prodigios. |