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La vida cotidiana en la antigua Roma
Juliano, el apóstata



La vida cotidiana en la antigua Roma

Jorge Ángel Livraga

Quinta Sección

A medida que la Cultura y Civilización de Roma se extendieron, se mezclaron con otros elementos, algunos positivos y otros negativos. No es cierto que Roma haya carecido de inventiva y lo debiese todo a los griegos; Roma tenía su particular inventiva, volcada a lo social, que le permitió hacer llegar a millones de seres humanos lo que antes estaba reservado a unos pocos. Además, las últimas investigaciones arqueológicas demuestran hasta qué punto la civilización etrusca, los amnios y otros pueblos influyeron en sus orígenes.

Cuando nos referimos a elementos “positivos” o “negativos” no elevamos un juicio moral sino simplemente si resultaron favorables o no a la unidad del Imperio. Esta unidad estuvo siempre más o menos comprometida, y las guerras civiles en tiempos de la República y del mismo Imperio debilitaron las riquezas espirituales, morales y materiales.

Los frecuentes pactos con pueblos bárbaros llevaron a éstos desde el neolítico hasta la Edad del Hierro de manera violenta, y poco a poco Roma fue perdiendo todas sus características propias.

Su eclecticismo (y en cierta forma, indiferencia) religioso le fue fatal, y con Juliano, injustamente llamado “el Apóstata”, finaliza el ciclo histórico de Roma. Los “bárbaros ya no estaban fuera de sus fronteras, sino dentro mismo de su aparato político, social y religioso. El Imperio se partió en dos y nació la llamada Edad Media. Sólo en Bizancio, la entonces Constantinopla, quedaron vestigios de la antiguo Roma hasta aproximadamente el año 1000, en que las Cruzadas la destruyeron y saquearon, especialmente la Cuarta, quedando una ciudad en ruinas detrás de imponentes murallas, a merced de los musulmanes turnos, que la tomaron en el siglo XV con la complicidad de media Europa, dando fin a la Edad Media.

Aquella vida cotidiana placentera y “moderna” del siglo I se fue diluyendo en la brutalidad y la simpleza, elementos sin embargo necesarios para la renovación de los ciclos. Es probable que también a nuestra Civilización le toque la hora de la desintegración para que las tierras, las aguas, los aires y los hombres vuelvan a ser puros. No tiene esto nada que ver con supuestas maldiciones divinas ni con el fin del mundo, que tantos charlatanes han predicado desde hace milenios, sino con la muy natural ley de los ciclos, esa que hace que a un día le siga la noche a ésta otro día; que haya inviernos y veranos, etc.

Y, sin embargo, el filósofo cierra los ojos y sueña con un mundo donde la belleza no se deforme, la juventud no envejezca, donde, como decía Augusto en su Ara Pacis, “el milano no persiga a la paloma”.

De existir ese mundo, no será en este plano de conciencia… aquí es imposible… pero siempre es bueno y necesario Soñar con imposibles, esas divinas mentiras que son verdades para el Alma… hasta que el Alma se alza y llega a habitar en esas otras verdades imperecederas, más allá del tiempo con sus granos de arena.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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