Los magos Es sabido lo que sucedió después: el precipitado viaje a Belén para empadronarse, el parto que se presenta, mientras José había ido a buscar a una comadrona, en el refugio de una gruta, iluminada por una luz resplandeciente, como si fuera de día, y sobre la gruta una estrella enorme que brillaba. Allí, en la gruta, estuvieron tres días la madre y el niño, y los otros tres siguientes hasta la circuncisión, en un establo, arropados por una mula y un buey que adoraban a Jesús, como pronto empezaron a hacer otros animales. En aquellos primeros días, la llegada de los magos de Oriente es uno de los acontecimientos más destacados y cargados de simbolismo, tal como lo cuentan los evangelios apócrifos, quizá empeñados en establecer un nexo con la sabiduría mistérica de los magos caldeos, que en Persia habían desarrollado un elaborado sistema de conocimiento y de magia. Zoroastro, el gran sabio persa, había anunciado que una estrella muy brillante avisaría del nacimiento de un ser divino entre los hombres. Así sucedió, en efecto, pues la misma noche del nacimiento de Jesús, cuando los sabios astrónomos estaban celebrando una fiesta con los dignatarios reales, una potente estrella se hizo visible, con lo que tres hijos de reyes tomaron tres libras de oro, incienso y mirra y, siempre guiados por la columna de luz, se dirigieron hacia Galilea. Los tres enigmáticos sabios caldeos habían recogido tales dones misteriosos de la «Caverna de los Tesoros», que era donde Adán los había depositado después del pecado original y se habían conservado de generación en generación. Una vez realizada su ofrenda al Niño Jesús, como signo de que la milenaria sabiduría de Oriente lo reconocía como Mesías, la Virgen les entrega como recuerdo un pañal del Niño divino. Cuando llegan los magos a su tierra, deciden someter el pañal a la prueba de fuego y en el curso de una de sus ceremonias lo arrojan a la hoguera, para comprobar que no se había consumido, sino que permanecía entero, por lo que lo conservaron como una reliquia que se estuvo venerando primero en Bizancio y después en Francia, hasta que la revolución la destruyó. En verdad, no estaban descaminados aquellos doctos astrónomos, según pudo averiguar Kepler en 1604, cuando descubrió que en torno al 1 de marzo del año 7 antes de la era cristiana se había producido una conjunción de Júpiter y Saturno, junto al Sol, Luna y Venus, situados en el signo de Piscis en ascendente, lo que potenciaba la conjunción, que habría durado hasta el 7 de julio. Por aquella fecha también se había producido el paso de un cometa brillante, lo cual explica las alusiones de los textos a la presencia de estrellas en las escenas de la Navidad. La huida Aquellos primeros tiempos de la infancia de Jesús fueron bastante ajetreados, no sólo porque continuamente se producían prodigios y curaciones milagrosas, apariciones de ángeles y sueños premonitorios, sino porque sus padres se vieron en la necesidad de trasladarse a Egipto, ante el peligro que representaba un Herodes furioso porque pensaba que los magos caldeos le habían engañado. Esta huida, que se produjo, según los textos apócrifos, cuando habían pasado dos años del Nacimiento, es uno de los episodios más sugerentes y llenos de prodigios. Lo más duro fue la travesía del desierto, donde habitaban dragones y fieras hambrientas que, al ver al Niño, se inclinaban al paso de la comitiva divina y algunos hasta se incorporaban al séquito, haciendo de guías por aquellas extensiones. Pero la sed y el calor eran terribles, por lo cual, a los tres días de marcha por las ardientes arenas, María pidió que se detuvieran a descansar a la sombra de unas palmeras. No tenían agua y las palmeras estaban cargadas de frutos. La madre deseó comer de ellos y el Niño, con solo un pensamiento, hizo que se inclinase el esbelto árbol, proporcionándoles lo que no se especifica si eran dátiles o cocos. Para aliviar la sed de sus padres hizo brotar de las raíces una fuente que manaba agua fresca y dulce. Pero Herodes, el malvado y celoso rey que temía perder su trono por el advenimiento del Mesías, había enviado sus veloces guardias a perseguirlos y una vez más, las piadosas palmeras del desierto sirvieron para ocultar a los fugitivos, formando una pantalla con sus ramas, con lo cual los guardias pasaron de largo y no los vieron. |