“Así como el jazmín crece bello y dulcemente perfumado sobre un montón de desperdicios tirados a la vera del camino, así, aun entre aquellos que no son más que desperdicios, el discípulo del Perfecto Despierto resplandece por su sabiduría en medio de los ciegos del mundo” Sabiamente, hace más de un siglo. H. P. Blavatsky recomendaba que ante todo fenómeno religioso, teníamos que aplicar tres claves para su mejor interpretación: En la primera, como fácilmente se deduce, primarán por escasos que sean, los elementos históricos, es decir, los encuadrados en un tiempo-espacio preciso y avalados por testimonios de la época que se hayan conservado o reproducido con la mayor garantía de veracidad posible; ello requiere varias fuentes para hacer comparaciones, siempre que dichas fuentes no hayan estado asociadas entre sí, de manera que lo que vemos como plural, no pase de un relato singular multiplicado por los copistas. En el caso de todos los Maestros Religiosos salvo Mahoma, estos elementos son inexistentes o decididamente escasos. La segunda, la mítica, recoge antiguos elementos tradicionales, los renueva y les de impulso. Algunos de ellos comunes en todas las formas religiosas, como ser el nacimiento del Elegido de una virgen, los fenómenos “sobrenaturales” que se atribuyen al Avatara. La desaparición de su cuerpo a su muerte, etc. Viejos mitos lunares, solares, estelares, telúricos y psicopómpicos refloran con fuerza y son de nuevo compartidos por millones de personas. |