todas las quiere coger;
cuantas el niño cogía
volvían a florecer». En premio a su generosidad, el ciego recibe de la Virgen un pañuelo para que limpie sus ojos, y al hacerlo, se ve curado de su ceguera. La hermosa historia de los milagros de Jesús no había hecho más que empezar. Pero al principio, cuando no era más que un niño, bastante travieso por cierto, los prodigios formaban parte de sus juegos: les rompía los cántaros a los niños cuando iban a por agua al pozo, pero luego sentía compasión ante sus lloros y se los recomponía al instante, o hacía que los árboles se inclinasen para que sus amigos se pudieran subir a hacer de las suyas; otras veces hacía que se movieran los muñecos de barro que modelaban entre todos. En otra ocasión, su madre le mandó a por agua con un cántaro, pero tropezó y se le rompió la vasija, ante lo cual, Jesús recogió el agua con su pañuelo y así se la entregó a su madre. El nuevo tiempo Empezaba así una nueva época, hace de ello dos mil años, aunque se trata de una cifra convencional, pues hay versiones para todos los gustos para fijar la fecha exacta en que tuvieron lugar aquellos acontecimientos que cambiaron la historia del mundo. Desde luego, queda descartado que fuera el 25 de Diciembre, fecha que se hizo coincidir con la de otras celebraciones romanas como las saturnalias o la del nacimiento de Mitra, que se habían instaurado en el 274 a. C. Así que el 31 de diciembre habremos celebrado el paso de un tiempo medido de manera un tanto arbitraria y relativa, lo cual no disminuye sin embargo la fuerte carga psicológica de sentir que una larga época se acaba, que otro ciclo comienza. |