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Estoicismo para la vida
Marco Aurelio, emperador romano fue uno de los máximos exponentes de la filosofía estoica. "La perfección de las costumbres llevan consigo el que se sirva cada día como si fuese el último de la vida, sin apresurarse, ni desanimarse, ni obrar con ficción".



Estoicismo para la vida

Richard Milner y Vittorio Maestro

Primera Sección

El estoicismo nació como escuela filosófica en Atenas - aproximadamente en el año 300 a.C.- de la mano de Zenón de Citio, que la estableció en el llamado Pórtico de las Pinturas (Stoà poikíle), pues estaba decorado con unos cuadros de Polignoto. Esta doctrina surge como intento de sintetizar y aprovechar los aspectos más positivos de las distintas escuelas filosóficas que se movían en la Atenas de aquella época. Una Atenas que ya ha perdido su protagonismo político en manos de Macedonia, pero sigue siendo una ciudad bulliciosa, que se resiste a perder su prestigio como foco de cultura y como punto de referencia de una civilización como la griega, que estaba atravesando un momento de profundos cambios. Sócrates hace ya cien años que ha sido condenado y ejecutado, y sus discípulos - y los discípulos de éstos- han interpretado, cada cual a su manera, las enseñanzas del maestro. El estoicismo toma como referencia directa a Sócrates, pero no en su aspecto intelectual, sino en la importancia que daba éste a la práctica de la virtud. También recibió una fuerte influencia de la Escuela Cínica, así como de Platón, Heráclito, etc.; pero siempre haciendo hincapié en que el aspecto debe ser más práctico que teórico.

Más adelante, el estoicismo saldrá del pórtico ateniense y llegará a ciudades como Alejandría, Babilonia y, con Panecio de Rodas, a la ciudad de Roma. Roma, en ese momento, estaba en un proceso de expansión que va a hacer surgir una nueva clase de héroe romano. Un héroe que no se conforma sólo con los triunfos militares, sino que tiene la necesidad de una moral personal. Así, estos hombres de acción y con un gran sentido práctico, encontraron en el estoicismo una doctrina que respondía plenamente a sus aspiraciones. La última época del estoicismo será casi exclusivamente romana, y de ella aparecerán nombres como Musonio Rufo, Catón de Útica y, sobre todo, tres grandes figuras que darán al estoicismo el sello definitivo, convirtiéndolo en un pensamiento válido para los hombres de todos los lugares y de todas las épocas: Séneca, Epícteto y Marco Aurelio.

La filosofía estoica tiene como centro de preocupación al hombre. Al igual que otras doctrinas antiguas, divide la filosofía en tres partes: lógica, física y ética; pero con el tiempo su verdadero interés será la ética. No obstante, es importante entender cómo los estoicos veían al mundo, porque es el punto de partida de su pensamiento. Para ellos existen dos principios en la naturaleza: la materia y la razón que están en ella. Esta razón o principio activo también es "corporal" y se la puede identificar con Dios. El Principio Divino y el mundo son pues inmanentes. La Naturaleza se identifica con la divinidad, y liga todas las cosas mediante una ley inexorable. Esta forma de entender el mundo, va a dar origen a una de las características más significativas del estoicismo: la idea de que todo cuanto sucede, lo hace de acuerdo a una profunda necesidad y una inevitable finalidad que impide otro rumbo.

La Felicidad: Tranquilidad del alma

Para el estoico, el bien supremo en la vida es la felicidad, y ésta consiste en la tranquilidad del alma: la "ataraxia". Pero esta tranquilidad no es una actitud de pasividad estéril e insensible, sino, más bien, es un estado en el que el sabio estoico ha superado las circunstancias que vienen del mundo exterior, y controlado las excitaciones provocadas por los sentidos en su relación con ese mundo exterior. El sabio es dueño de sí, imperturbable; no se deja arrebatar por nada. Para ello sólo hay un camino: el poder de la razón, y así como el Universo tiene una inteligencia que pone orden en la naturaleza, también el hombre que quiere alcanzar la sabiduría tiene que conseguir el orden en su vida por medio de su razón, pues ésta es una parte de la Razón Universal. Así se comprende mejor la insistencia de estos filósofos cuando recomendaban vivir de acuerdo con la Naturaleza: "vivere secundum naturam".

De esta doctrina se desprende un aparente determinismo y una cierta resignación. El sabio acepta a la naturaleza tal como es, se amolda enteramente al destino: "parere Deo libertas est", obedecer a Dios es libertad. Pero entonces, podríamos preguntarnos: ¿Dónde queda la libertad humana? Si estamos incluidos en un plan general del Destino, ¿qué sentido tiene nuestro libre albedrío, nuestra capacidad para crear y mejorar nuestra vida? Los estoicos resolvían esta cuestión considerando que la contingencia humana estaba incluida en este Plan General, convirtiéndose entonces en providencia. O sea, nosotros podemos elegir el camino ante los dilemas de la vida; si lo hacemos siguiendo los dictados de nuestra razón, nos ajustaremos a la naturaleza y seremos felices; si por el contrario elegimos el camino equivocado, la vida nos acabará "pasando factura", con la carga de sufrimiento que ello conlleva. Este planteamiento se puede ilustrar con un ejemplo sencillo: si en una tarde lluviosa tenemos que salir a la calle obligatoriamente, es una estupidez que nos enfademos con la lluvia. Lo lógico, es que seamos inteligentes y obedezcamos a nuestra razón cogiendo un paraguas para no mojarnos. Nosotros no podemos evitar la lluvia, pero somos libres de elegir el modo de hacer frente a la lluvia o a cualquier circunstancia de la vida.

Libertad y sentido práctico

De entre todos los filósofos estoicos, Epicteto fue, probablemente, el que trató con mayor profundidad el problema de la libertad humana. Él dijo en cierta ocasión: "Es un necio quien crea que la libertad consiste en querer que todo ocurra de acuerdo con nuestros deseos". Su condición de esclavo y las duras condiciones que soportó en su vida, lejos de hundirlo, sirvieron de "piedra de toque" a su alma independiente, y tan firme, que ni los golpes más adversos ni la sinrazón de los hombres pudieron doblegarla. Esta experiencia vital le dotó de un gran sentido práctico a la hora de plantear la libertad y la felicidad humana. Para ello se basó en una idea sencilla, pero brillante: las cosas son de dos tipos, las que dependen de nosotros y las que no. Dependen de nosotros nuestros juicios y opiniones, nuestros deseos, etc.; es decir, todos nuestros actos. Por otra parte, no dependen de nosotros todas aquellas cosas en las que intervienen otras personas o las circunstancias de la vida: nuestras riquezas, dignidades, etc. Para Epicteto, la razón por la que el hombre no alcanza plenamente la felicidad es porque suele confundirlas; que para ser realmente libre, hay que tomar como propio lo que depende de nosotros, así nadie nos puede obligar a hacer lo que está en contra de nuestra voluntad. Por el contrario, si nos apoyamos en cosas que no dependen de nosotros, no encontraremos sino obstáculos y sinsabores en la vida. Cuántas veces nos hemos ilusionado por un proyecto o un ascenso profesional, y, se han venido abajo, porque la decisión final se escapaba de nuestro ámbito. Para el estoicismo, esto no quiere decir que no busquemos una mejora en la vida, sino que sepamos discernir cuándo debemos hacerlo y cuándo no, cuándo debemos luchar con voluntad, y cuándo resignarnos ante lo irremediable.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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