Vinieron, pues, a Europa y fueron acogidos con los más altos honores por nobles, reyes y hasta por el mismísimo Papa. Ya en 1139 habían conseguido mediante bula papal la total exclusión de la jurisprudencia, de la forma que nunca tuvieron que rendir cuentas ni a reyes ni a obispos, sólo al Papa. Se convirtieron en un estado dentro de los Estados y en una iglesia dentro de la Iglesia. Viajaban por el mundo sin pagar impuestos, tributos ni peajes y, además, les estaba permitido recolectar dinero una vez al año en todas las iglesias de Occidente. Es un error creer que la Orden de los Templarios no se declaró contra el dogma católico hasta sus últimos tiempos, pues desde un principio fue herética en el sentido que la Iglesia da a esta palabra. La cruz roja sobre el manto blanco simbolizaba, como entre los iniciados de los demás países, los cuatro puntos cardinales del Universo. Cuando más tarde comenzaron las persecuciones, hubieron de reunirse los templarios muy secretamente en la sala capitular, y para mayor seguridad en cuevas o chozas levantadas en medio de los bosques, con objeto de practicar las ceremonias propias de su institución, al paso que en las capillas públicas celebraban el culto católico. Incluso, en algunas ocasiones, no aceptaron ciertas decisiones tomadas por el Papa (que por aquel entonces aún no era infalible) y, por ejemplo, en 1143 los templarios de Inglaterra recogen e inhuman en tierra cristiana el cuerpo de Godofredo de Mandeville, conde de Essex, que murió excomulgado. Y este caso no es único. Por otra parte, en una época donde el nombre del papa Silvestre II era tachado de “maldito” y excluido de la lista de papas (en su lugar se colocaba el del ilustre desconocido Agapito), los templarios celebraban piadosamente su memoria. Quizá sea brusco hablar ahora de la caída de los templarios; quizá pueda parecer desagradable comenzar a narrar la “historia negra” que condujo a la disolución de la Orden. Pero más violento fue el amanecer de un día otoñal de 1307 cuando, en Francia, fueron arrestados 15,000 caballeros templarios sin previo aviso y sin otra razón que la fuerza del mandato real de Felipe El Hermoso. Los cargos eran herejía, ritos blasfemos como escupir y pisar la cruz en iniciaciones de caballeros, sodomía, adoración de falsos ídolos demoníacos como el Bafonet, etc. Cuando los Templarios se enteraron de estas acusaciones pidieron que se esclarecieran los hechos: tan seguros estaban de su inocencia. Pero los interrogatorios y, como no, las torturas, se encargaron de minar la seguridad: “He sido tan torturado –dice el templario albigense Bernardo del Vado-, tan preguntado y tan mantenido al fuego, que las carnes de mis talones han sido completamente quemadas y los huesos se me han caído poco después. Sí, he reconocido algunos de estos errores, lo confieso, he rogado encarecidamente al borgoñón Aimery de Villiers-le-Duc, pero era bajo los efectos de la tortura. ¡Ah! Si tuviera que ser quemado cedería, pues tengo demasiado miedo a la muerte”. Se podrían multiplicar las citas, pero los gritos del corazón tan sinceros con los que los templarios explicaron la razón de sus confesiones justifican las retractaciones. Durante siete años, cientos de templarios fueron torturados y quemados, pero lo cierto es que nunca se descubrieron documentos secretos de la Orden, ni pruebas que demostraran la existencia de tales herejías. En los Concilios que se congregaron para juzgar su causa fueron absueltos en su mayoría: Londres (Inglaterra), Maguncia (Alemania), Ravena (Italia), Tarragona (Reino de Aragón), Salamanca (Reino de Castilla, León y Portugal). Tan solo en París en el Concilio Senonense, se juzgó y se decidió que algunos fuesen despedidos de la Orden, otros puestos en libertad después de cumplir la penitencia que se les había impuesto, otros encarcelados y otros aun emparedados; algunos de ellos fueron entregados a la justicia seglar donde eran quemados. Dice Bernardo Guido, obispo de Lodove: “En el año del Señor de 1310, a 6 de mayo, por el Arzobispo Senonense y sus Sufragáneos congregados en París a Concilio Provincial, fueron juzgados y sentenciados los Templarios, y por sus propias confesiones como impenitentes en su profana y nefanda profesión, fueron entregados al brazo seglar y quemados públicamente; pero con todo eso hubo una cosa admirable y particular que fue, que todos y cada uno de ellos, retractaron las confesiones que antes habían hecho en Juicio, diciendo que ellos habían confesado lo falso, sin dar otra causa para ello, sólo que la violencia y miedo de los tormentos les habían obligado a decir contra sí tales cosas”. De todas formas, a pesar de no tener pruebas directas y veraces sobre las que respaldar las acusaciones, la hora del Temple había sonado. |