Con el triunfo del Renacimiento, el Rayo de la Armonía quiebra las heladas aguas del tiempo anterior, por más que sigan aún las persecuciones, espoleadas por la falta de dominio fáctico sobre el mundo nuevo, y cabalgadas por la Inquisición, en aroma de santidad, heredera fiel de las formas medievales. El Renacimiento, se enseñorea de las ricas ciudades europeas y abre las olvidadas mamparas de la Belleza trascendente. Dios ya no está prohibido y su representación sobre el mármol o el lienzo infunde un brillo nuevo en las creencias. La cultura se hace ecléctica y universal, los modelos clásicos desbordan las galerías del nuevo Parnaso y encienden una chispa de gloria en palacios, villas y Bibliotecas. Se produce un curioso fenómeno que algunos han dado en llamar “la Fiesta de de las Divinidades”. De la ciudad al Olimpo y del Arte a los pequeños Misterios. Dante rememora a Virgilio como tiempo después hará lo propio Shakespeare con Ovidio. ¿Simples legados culturales? Quién sabe… el corazón intuye imponderables que el ojo es incapaz de penetrar. Hay quien piensa incluso que el Renacimiento fue obra de los Maestros de Sabiduría. Bajo su impulso y tutoría invisible florecieron los guerreros de un Ejército de Luz, los oficiantes de una nueva Religión de los colores. Y afirman asimismo que su influjo fue perdiéndose poco a poco, abrumado entre los esplendores sensibles de su propia grandeza, derrumbado trágicamente sobre sí mismo, como Sansón vencido por Dalila invisible. Es probable. (1) El maimerismo iniciará el gesto decadente, y el Sueño de la Diosa-Dama se esparcirá postrer cubriendo con la gloria de su ocaso los ùltimos rincones, hasta la lejana feliz llegada del Clasicismo y del Romanticismo. Botticelli o el despuntar de la aurora Sandro Botticelli fue uno de los grandes precursores del fenómeno, y simboliza muy probablemente el despuntar de la Aurora que anuncia el Sol pleno y absoluto de Leonardo, Miguel Ángel o Rafael. Y quizás también aquí la Aurora posee los más delicados secretos del futuro y es, para muchos, tanto o más inconmensurable y perfecta que el propio mediodía solar. El Rayo fulminó soberbio sobre las aguas, y florecieron los primeros lotos. Allí estaba Botticelli. A fin de cuentas, todos ellos no fueron sino una encarnación del pequeño Júpiter que no llegó a destronar a Saturno. Breves destellos de la Inmortalidad sucumbiendo finalmente ante el poder del Tiempo. Marsilio Ficino, Giordano Bruno, Erasmo de Rótterdam, Pico de La Mirándola, el Veronés, Durero. Semillas de una concepción diferente del Universo y del hombre que no llegó a ver la luz. Conmovieron los resortes de su tiempo y más de un saco frailuno se arrebujó cobarde alrededor de su sopa de convento. Pero no traían el Águila Imperial, no encarnaban el regreso de Juliano y los fantasmas de los viejos Guardianes evocados eran aún débiles. Estaban hechos de pinceles, pero les faltaba Fuego, magia y esplendor, toga y espada, púlpito y altar sagrado. Hoy, lejos ya de ese mundo, casi produce una sensación entre curiosa y épica seguir sus luchas. Alrededor de las dignas capitales de la divina Italia se formaron dos círculos exotéricos de poder: el uno, dirigido por Savonarola, fanático y sincero a un tiempo, encarnaba el retorno de las formas cristianas. El otro, arrebujado en torno a Lorenzo de Médicis, adoctrina gozosamente a los abanderados del Humanismo. Botticelli, amigo de ambos, supo prender en torno a su Arte, tantas veces condenado por pagano y antiguo, los rosados pétalos de Eos, la Diosa Aurora. Únicamente sus obras de vejez, envueltas ya en una atmósfera lunar e infantil, típica de un ciclo de vida en proceso de retrogradación, adolecen del señorío y poder de sus creaciones anteriores. El genio maligno del Savonarola pesó más al final sobre un Botticelli débil y excesivamente ingenuo y bondadoso. Son sus peores obras; Virgen bardi, Lamento por Cristo muerto, Tres milagros de San Zenobio y La Natividad mística. Demasiadas Marías de pálidas mejillas lejos ya de la Atenea casta y guerrera. |