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La vida cotidiana en la antigua Roma
En Roma y las grandes ciudades existen jardines botánicos...
Mausoleo de Augusto



La vida cotidiana en la antigua Roma

Jorge Ángel Livraga

Primera Sección

LA VIDA COTIDIANA EN LA ANTIGUA ROMA

Desarrollar el tema de la vida cotidiana en cualquier civilización de la antigüedad histórica, es decir lo suficientemente conocida, es tarea que desborda largamente el marco de un artículo periodístico, sobre todo cuando la media de los lectores está por encima de la mera información básica. Por eso tocaremos puntualmente los temas que permitan una reconstrucción actualizada de lo que hoy se sabe de la antigua Roma, con elementos que, desgraciadamente, aún no se han publicado totalmente en la lengua en que escribo.

A finales de este siglo XX, las fuentes que alimentan nuestros conocimientos han rebasado la tradición literaria, y se apoyan preferentemente en los hallazgos arqueológicos, así como en las actuales interpretaciones del copioso material que conservan museos y colecciones particulares.

Es evidente que se ha aumentado la certeza interpretativa al agregar, al estudio de estatuas y bellos objetos, el análisis de otros pequeños testimonios y hasta de basurales que fueron despreciados hasta la primera mitad de nuestro siglo. También prestaron su ayuda los cateos físicos, químicos y radioactivos, así como un cambio psicológico profundo que aún está en marcha y constituye, esencialmente, la no observación de los restos del pasado como algo que forzosamente debe ser inferior al mundo en que vivimos, pues ya no creemos que nuestra civilización sea la corona de todas sus antecesoras sino, más bien, una forma más dentro de una inmensa cadena experiencial humana. Y tal vez lo más importante es haber podido concebir que aunque un avión a reacción pueda trasladarse a cuatro mil o más kilómetros por hora para abatir a sus enemigos, y un antiguo carro de guerra no superaba los cuarenta, esto no significa que quienes son y fueron sus conductores estén separados por la misma diferencia; que lo que realmente ha evolucionado es la máquina, pero no el hombre, por lo menos en grados tan claramente perceptibles.

Este simple pero trabajoso cambio del enfoque psicológico en la observación e interpretación de los objetos arqueológicos, ha permitido recrear la Historia, si bien no en los acontecimientos a los que desde siempre se les dio gran importancia, sí en todo lo demás; técnicas de construcción, redes de caminos, maquinarias, armas, alimentación, vestuarios, creencias, supersticiones, uso de cubiertos y mobiliarios., higiene, medicinas, gustos pictóricos y musicales, juegos y deportes, estados de ánimo, humor, condiciones de trabajo, etc.

Así no voy a abrumar a mis lectores con laboriosas explicaciones sobre cómo se alzó la cúpula aunque sea la más grande del mundo del Panteón de Roma, ni sobre los Misterios etruscos que pasaron – especialmente los astrológicos- a la religión romana propiamente dicha, sino que me limitaré a mostrar la vida cotidiana, hace unos dos mil años, en una ciudad y en la campiña de Imperio.

Comenzamos afirmando que esas personas vivieron de una manera muy semejante a la forma en que lo hicieron las del siglo XIX y, en buena parte, a la que estamos viviendo nosotros mismos. Por paradoja, el llamado Mundo Clásico está mucho más cerca de nosotros, de nuestras creencias y de nuestras dudas, de nuestros gustos, trabajos y ocios, que el mundo Medieval, del que nos separan 500 años.

La sociedad de hace dos mil años en el Imperio Romano es activa, metódica, inquieta, bastante descreída y abierta a todo cambio, amante de las novedades y las modas. Cuida la salud y la limpieza de su cuerpo con esmero, está perfectamente legislada y controlada desde lo político a lo tributario, inclinada a los viajes turísticos a lugares antiguos, a tener en casa colecciones diversas y a las ruidosas diversiones que, a través de las brillantes noches, llegan hasta el amanecer.

En Roma y las grandes ciudades existen jardines botánicos, zoológico, museos, exposiciones de pintura y escultura, juegos florales, literarios y musicales… y, hoy sabemos, colecciones de piezas de animales prehistóricos, como la famosa del Emperador Augusto.

Todo está debidamente inventariado, desde el número de piedras utilizadas en un acueducto hasta los elementos de la mochila del soldado. Las armas de casa llevan o hacen llevar una estricta contabilidad. La prodigalidad del romano es más aparente que real y todos los servicios son pagados, hasta los de los mismos esclavos que, ahorrando – ya que tienen casa y comida gratis- pueden comprar su libertad.

Taxímetros marcan las distancias de los carros de alquiler, registrando el número de vueltas de sus ruedas y también los hay, si bien menos exactos, para barcos, como el conocido servicio fluvial del Nilo en el área de Alejandría. Por si los usuarios fuesen extranjeros o no supiesen leer, pequeñas bolitas de colores les indican el precio a pagar… y la propina que se espera de ellos. Parecidas bolitas coloreadas y asimismo incisas con una letra son las que marcan las entradas de los teatros, anfiteatros y circos, así como el sector que corresponde a cada uno y el asiento a ocupar. Tallas en las piedras de los umbrales, semejando una pisada humana, señalan el sentido de la marcha, pudiendo por una sola puerta salir y entrar gente al mismo tiempo y conservando cada cual la derecha. Igual sentido tiene el tráfico general de vehículos en carretera, y en lugares que entrañaban peligro de deslizamiento se cavaban huellones profundos que, dado el ancho entre ruedas regulado en todo el Imperio, actuaban como “vías” de encastre a la manera de las actuales muescas de los trenes.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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