Tendrían que transcurrir diez años para que San Bernardo, que era sobrino de Andrés Montbard, estableciera las reglas de la Orden. Estas les imponían castidad, pobreza y obediencia. No debían mirar demasiado a otra mujer, ni “besar hembra; ni viuda, ni doncella, ni madre, ni hermana, ni tía, ni ninguna otra mujer”. Vestían manto blanco distinguido con una cruz potenzada roja sobre el hombro y en combate llevaban armadura bajo el hábito. Su pelo debía ser corto y llevar barba hirsuta. Rezaban las horas canónicas y en sus comidas, de alimentos sencillos y con mesa común, tenían lecturas espirituales. En la guerra no abandonaban nunca a un compañero, ni rehusaban el combate aunque el enemigo fuese tres veces superior, y no podían ser rescatados: “ni un céntimo, ni un tapiz, ni una pulgada de tierra”, habría de abonarse. Sólo les estaba permitido la caza del león. Cuando morían se les sepultaba en fosa sin ataúd, dejando el cadáver boca abajo. Su regla prescribía que comiesen carne tres días a la semana, y comiendo dos en un mismo plato, pero usando cada cual su cantarilla de vino aparte. La ración del caballero que moría debía distribuirse durante cuarenta días entre los pobres. Debían llevar camisa de lana, más en Palestina (debido al calor) podían llevar una de lienzo de Pascua hasta el día de Todos los Santos, y su lecho se componía de un jergón, un colchón y una manta, con sábanas de tela vellosa, durmiendo con camisa y calzoncillos. Al aproximarse la batalla se armaban de fe en lo interior y de hierro en lo exterior, acometiendo impetuosamente al enemigo con la confianza del que está seguro de alcanzar la victoria o la muerte heroica. Al decir de San Bernardo: “Este Caballero de Cristo es un cruzado permanente comprometido en un doble combate: contra la carne y la sangre, y contra las potencias espirituales en los cielos. Avanza sin miedo, ese caballero que está en guardia a derecha e izquierda. Ha cubierto su pecho con la cota de malla, y su alma con la armadura de la fe. Provisto de esas dos defensas no teme a hombres ni a demonios. Avanzad con tranquilidad caballeros, y capturad con corazón intrépido a los enemigos de la cruz de Cristo: de su caridad, vosotros estad seguros; ni la muerte ni la vida podrán separarnos de él… ¡Qué glorioso es vuestro retorno de vencedor en el combate! ¡Qué bienaventurada es vuestra muerte de mártir en el combate!”. Estos “pobres soldados de Cristo”, estos monjes-guerreros, eran los cuadros permanentes de las hordas amorfas que acudían a cada Cruzada. Colocados en la vanguardia de todos los ataques y en la retaguardia de toda las retiradas, embarazados por la incompetencia o las rivalidades de los príncipes que mandaban estos ejércitos improvisados, perdieron en el lapso de dos siglos más de 20,000 hombres en los campos de batalla. Si alguno de ellos por algún motivo no se portaba con valor en el combate, o con menos del que debía, le imponían una dura disciplina. Le quitaban la Capa con la Cruz, que es la señal de Caballería, y era echado de la compañía de los demás; comía en la tierra sin servilleta por espacio de un año; si los perros le molestaban no podía espantarlos. Al cabo del año era sometido de nuevo a juicio por el Maestre y los otros caballeros, y podía ser perdonado o penado nuevamente. Pasaremos ahora a relatar algunos hechos de armas de esta Orden del Temple, cuyo número de integrantes aumentó de manera prodigiosa en un espacio de tiempo relativamente corto: |