Mientras tanto, los legítimos caballeros templarios habían eludido durante cinco siglos toda indagación y celebrando reuniones trienales en Malta. Se reunían en número de trece y acudían de diversos países previa convocatoria del Gran Maestre. Se dice que en estas reuniones se trataba de los destinos políticos y religiosos de las naciones, pues entre los reunidos había algunas testas coronadas. A propósito de estos supuestos sucesores, no deja de ser gracioso como el mismo Gérad de Séde cuenta que fue invitado a la recepción de un templario. Su curiosidad llegó al límite cuando se enteró del nombre del “novicio”: Don Jaime de Mora y Aragón, el mismísimo hermano de la reina de Bélgica. Gérard de Séde acaba su relato con estas palabras: “No escupió sobre la cruz. Sobre el whisky tampoco” Nunca sabemos con exactitud qué fue en realidad la Orden de los Templarios, pues el velo del Misterio rodeó, ya desde su principio, a tan insólita Orden. Ante tales circunstancias, es fácil dejarse llevar por la fantasía, o por el afán del descubrimiento sensacionalista que aporte alguna “luz” sobre el tema (amén de percibir sustanciosas ganancias vendiendo a buen precio libros que resultan no ser tan “esclarecedores”). La verdad es que no se sabe muy bien la relación que pudo existir entre los ashashins del Viejo de la Montaña y los templarios; ni tampoco las verdaderas intenciones que impulsaron a Felipe el Hermoso en su persecución contra El Temple… ¿primaba en él el deseo de una Francia más sólida y pretendió aunar el poder en su persona? ¿Fue hábilmente “manejado” para impedir la expansión de ciertas ideas que podrían haber resultado peligrosas para ciertas gentes? ¿Fue, sencillamente, el rencor personal de que los templarios se hubieran negado a admitirlo en el seno de la Orden? ¿Es que jamás pudo olvidar que, en una ocasión, le salvaron la vida en una revuelta popular? ¿…? Tampoco se conoce lo que revelaron al Papa Clemente V los 72 templarios que él mismo interrogó en Poitiers: las minutas de estos interrogatorios están, aún hoy, en los archivos secretos del Vaticano. Sólo se sabe que, a partir de este momento, Clemente V cambió radicalmente de actitud y se declaró abiertamente en contra de los templarios. También es un enigma si Colón conocía a través mapas de la Orden, la situación exacta del continente americano; lo cierto es que llevó grabadas en sus velas el símbolo por excelencia del Temple: cruces rojas de brazos iguales potenzados. ¿Y el tesoro de los templarios? ¿Está en Gisors? Podríamos seguir jugando a los enigmas durante horas enteras, elucubración tras elucubración, si no fuera porque tal no conduce a nada. Lo que sí parece cierto es que los templarios fueron el origen de las cofradías. Necesitaban obreros cristianos en sus lejanas encomiendas y los organizaron de acuerdo a su filosofía, dándoles una regla llamada “deber”. Estos obreros, que no llevaban espada, vestían de blanco; sin embargo, participaron en las cruzadas edificando en el Medio Oriente formidables ciudades según lo que se llama “aparejo de los cruzados”. Allí adquirieron métodos de trabajo heredados de la antigüedad que sirvieron en Europa para levantar las iglesias góticas. Y no sólo levantaron monumentos que desafiaban el horizonte; también conservaron y propagaron los conocimientos y los principios de la virtud, reunidos siempre secretamente y riendo de las locuras de su siglo y de su tiempo. Las acusaciones, las torturas, las confesiones, las retractaciones, la entereza frente a la hoguera, el mito, la leyenda… ¿Qué hay de verdad en todo esto? |