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Reencarnación en el antiguo Egipto
Para los egipcios, el símbolo de la reencarnación propiamente dicha es el escarabajo, Kheper, cuyo nombre significa devenir, hacerse, formar o construir de nuevo.



Reencarnación en el antiguo Egipto

Fernando Shwarz

Segunda Sección

Estoy dotado de encarnaciones favorables (Libro de los Muertos, CIX, 12). Este fragmento se refiere indudablemente a sus vidas anteriores. En la línea 14 el alma habla de sus cortas estadías (el devachan de los hindúes) en el horizonte oriental.

He acabado con mis cortas estadías y he destruido el efecto de mis faltas (Textos de las Pirámides, 919). Aquí el alma explica claramente que a través de sus precedentes encarnaciones, sus cortas estadías en la Tierra y las transformaciones que logró en el más allá, pudo purificarse completamente, y que el ciclo de las encarnaciones está clausurado y la actual llegada al horizonte oriental va a ser eterna. Entrará en el principio de la renovación de Re y anulará respecto a sí mismo los ciclos de renacimiento.

En los Misterios de Egipto, Jámblico conserva la enseñanza sobre la doctrina de la reencarnación egipcia:

Dios primeramente ha hecho descender las almas para que luego vuelvan a Él. No hay diferencia entre el retorno y la bajada de las almas, pero en la misma manera que el génesis de todo lo que vemos depende de la esencia intelectual, así, en el orden de las almas, su liberación de la generación está en armonía con su inclinación hacia ella.

Maspero concluye: La inmortalidad de los egipcios era un morir y vivir perpetuo que el alma atravesaba guardando su propia identidad. Estas vicisitudes, el alma no las sufría únicamente después de la vida humana. Antes de nacer a este mundo había nacido y muerto en muchos otros mundos. La vida terrestre no es más que un devenir, Kheper, en el conjunto de los devenires, Kheper, que habían precedido y que seguirían. El alma había tenido una infinita duración antes de su nacimiento (en la Tierra) y tendrá una infinita duración después de su muerte. Si tuviera que resumir su condición de ser en una sola palabra, diría no que es inmortal, sino más bien eterna.

El Sol, que es el modelo del itinerario del alma, no pierde nunca su esencia. Simplemente, a través de sus transformaciones, da su energía vital a todo lo que vive en el cosmos en los planos visible e invisible. En cambio, el alma tiene que actualizar su esencia divina, que sólo es virtual el día de su nacimiento, porque está más próxima a la sustancia que la porta que a una clara conciencia de su propia luz.

Muchos egiptólogos modernos, incapaces de percibir la metafísica egipcia, amalgamaron los dos ciclos en uno solo, y lo redujeron al simple aspecto material de las apariencias físicas del Sol. No comprendieron que para la mentalidad egipcia, el pensamiento o espíritu y la materia o sustancia no están nunca disociadas, aun en el plano más alto de la manifestación objetiva, porque para poder liberarse de esta dualidad hay que llegar al plano de Atum, es decir, saltar la barrera del arco de Nuth, que es el espejo de la manifestación. Nuth es el límite que marca el comienzo de la manifestación y lo separa del mundo pre-cósmico en su esencia absoluta.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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