En el Concilio General de Viena, el Papa Clemente V disolvió la Orden al tiempo que perdonaba a pecadores “arrepentidos”, y condenaba y perseguía a otros no tan inclinados al arrepentimiento. En este mismo Concilio se decidió que los bienes que antes pertenecían a los templarios fueran aplicados y concedidos con ciertas condiciones y pactos a la Orden del Hospital de Jerusalén de San Juan, a excepción de los Reinos de Castilla, Portugal, Aragón y Mallorca que estaban obligados a pelear contra los árabes y defender las fronteras. Ni una sola lanza templaria se levantó en contra de aquella injusta sentencia. Ni una sola espada fue desenvainada para liberar al Último Gran Maestre de la Orden Jacques de Molay. Tras siete años de torturas y privaciones, el ilustre prisionero fue conducido al islote de los Judíos, en medio del Sena, donde ya se había levantado la pira que tendría que iluminar la noche. Era el 19 de marzo de 1314 y el espectáculo estaba servido: Jacques de Molay y sus dos compañeros tuvieron que aguantar toda clase de insultos mientras eran conducidos al suplicio por la guardia real. A su alrededor, la gente se apiñaba para ver a los aliados de Satán, aquellos que comían niños crudos y realizaban actos sacrílegos. Tal vez, pensaba la muchedumbre, usarían los poderes que el diablo les había otorgado para salvarse… Sí, tal vez hoy podrían presenciar algo extraordinario… Y así fue; el público no quedó defraudado, porque en Gran Maestre afrontó la muerte con una serenidad y entereza extraordinarias. En cuanto vio el fuego preparado se despojó de sus ropas y sin vacilación y proclamó, con voz fuerte y clara, que él era culpable porque había sido débil y había cedido por miedo a los tormentos, pero la Orden Del Temple, “su Orden”, era completamente inocente de los cargos que se le imputaban. Luego se puso en camino totalmente desnudo, con presteza y buena cara, sin temblar en absoluto aunque muchos le zarandearon y empujaron. Antes de atarlo al poste, dijo a sus verdugos: “Al menos, dejadme juntar un poco las manos, pues éste es el momento propicio. Voy a morir pronto; Dios sabe que es equivocadamente. La desdicha vivirá con los que nos condenan sin justicia. Muero con esta convicción. A ustedes, señores vuelvan mi cara hacia Notre-Dame, se lo ruego”. Su petición fue atendida y la muerte le envolvió con su manto tan dulcemente que todos quedaron asombrados. Y este fue el final. Las diversas órdenes militares de la época acogieron en su seno a los caballeros templarios que solicitaban su ingreso y, al menos de forma aparente, todo quedó en nada. Desde entonces y hasta nuestros días, muchos se han declarado como los legítimos sucesores de la cercenada Orden y se han llegado a celebrar, incluso, ceremonias de ordenación templaria. Sobre la presunta filiación de los actuales caballeros templarios dice Wilcke: “Los actuales caballeros templarios de París pretender descender directamente de la antigua Orden y tratan de probarlo por medio de sus reglas internas, enseñanzas secretas y otros documentos. Según Foraisse, la masonería nació en Egipto y Moisés comunicó sus enseñanzas a los hebreos, Jesús a los apóstoles, y por este camino llegaron hasta los templarios. Todas esas aseveraciones necesitan los templarios parisienses para apoyar su pretensión sin que las apoye la Historia, pues todo este artificio se tramó en el Capítulo superior de Clemont al amparo de los jesuitas, que por entonces contaban con el favor de los Estuardo” |