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El Genio de Grecia
Todo en Grecia era Educación, todo respondía a una Paideia



El Genio de Grecia

José Rubio Sánchez

Tercera Sección

Los Centros del Saber

Sin embargo, a nivel popular, el hombre griego no poseía una interpretación tan exacta de sus componentes internos, ni de los tipos de hombres en relación al desarrollo de dichos elementos. El conocimiento exacto de la interpretación de los símbolos y los mitos estaba celosamente guardado en los herméticos santuarios de los Templos, como Delfos o Eleusis, o en manos de las Escuelas de Filosofía como la fundada por Pitágoras o la Academia Platónica. Era precisamente en los Templos donde reposaban las tan afamadas inscripciones como: "Hombre, Conócete a ti mismo"; y allí, que los que buscaban realmente conocerse y conocer el Universo, podían acceder a misteriosos estados de conciencia. Al Iniciado se la decía: "¡Feliz y bendito, serás Dios en vez de mortal!". De esas Escuelas de Misterios se irradiaba, como la luz de un gran Fuego, toda la Cultura y la Civilización griega, y los Sabios Sacerdotes de esas Universidades Antiguas hacían llegar al hombre griego la Sabiduría, velada con los velos necesarios para que cada hombre fuese encontrando su respuesta según su nivel evolutivo.

En ese sentido, todo en Grecia era Educación, todo respondía a una Paideia, a unos Ideales de formación a través de los cuales los Sabios griegos supieron dirigir a su pueblo. Esa Paideia se transmitía a través de una moral que los Legisladores, guiados por los designios de los Oráculos (como Licurgo o Solón), transformaban en Leyes a través del cumplimiento de las cuales podían realizarse los hombres; poetas como Píndaro, Homero, Hesíodo o Tirteo dieron a luz su obra, capaz de elevar la conciencia de los hombres a las regiones de lo divino; y los artistas mostraban la captación de la belleza materializada en la piedra, la madera, el bronce, el oro o la cerámica… como aquella majestuosa estatua de Fidias representando al Padre de los Dioses, de la que se decía que, o bien Fidias se había elevado al Olimpo para poder retratar al Supremo Dios, o Éste había condescendido en bajar a la tierra para que las sublimes manos de este genio del Arte lo atrapasen en el mármol, el marfil y el oro; educaban los filósofos, preocupados por alcanzar la tan anhelada Verdad, educaban los Maestros, los pedagogos, educaban los padres a sus hijos, transmitiéndoles la sabiduría de la tradición… todo emanaba de aquellos grandes faros de Belleza, Bondad y Justicia que eran las Escuelas de Misterios, en las cuales, casi todos los grandes genios griegos, habían sido Iniciados.

La Visión Mágica del Mundo y del Hombre

Para el griego de la calle, entonces, la visión del hombre era un tanto más sencilla y estaba determinada por esa Tradición que la Sociedad le iba transmitiendo. A grandes rasgos, podemos decir que el niño nacía inmerso en una visión mágica de la Vida, correspondiente a una mentalidad igualmente mágica. Este futuro ciudadano formaba parte, además de la Ciudad, de varias subestructuras, como las Fratrias, que consistían en cierto número de familias con una Divinidad común, a la cual le levantaban un altar, le encendían un Fuego sagrado y le instituían un Culto; la Gens, que era la agrupación de varias familias que adoraban a un mismo antepasado divinizado, y cuyo altar de sacrificios era una tumba; y la Familia, la célula fundamental de toda la estructura social, unida alrededor de un Hogar, a la vera de un altar de Fuego que siempre deberá arder inextinguible. Este culto se identificó inicialmente con el Dios de la Riqueza, pero fue concretado más tarde en la Hija de Kronos y Rea, Hestia. Cuando una familia hacía una invocación, primero se refería a la Divinidad del Hogar, después a los Dioses de las diferentes subestructuras, y finalmente al Dios Supremo de Dioses y Hombres, el Dios de todas las ciudades helenas: Zeus. Al dar el nombre a un recién nacido (en Atenas se hacía en una ceremonia celebrada a los diez días llamada Decate) el primer nombre era el particular, el segundo el del padre y el tercero el de la Gens entera.

La Familia era como un Templo, donde los padres debían ejercer como sacerdotes, cuidar el Fuego sagrado y realizar las ceremonias y los sacrificios a los antepasados. Todo era divino en la familia, y los afectos mutuos estaban unidos por la piedad, por el amor, donde se conjugaban el sentimiento del Deber, el afecto natural y la idea religiosa.

Ese Fuego va a ser el centro de la vida del griego. Apagado voluntariamente una vez al año, y encendido por el calor de los rayos solares, va a presidir todas las estaciones y toda la existencia de la familia, así como los diferentes pasos de sus componentes, desde el nacimiento a la tumba. Cuando un niño nacía, el padre, en una ceremonia que se realizaba a los pocos días (en Atenas se llamaba Anfidromia) levantaba al hijo con sus poderosos brazos simbolizando que lo aceptaba y daba vueltas alrededor del Hogar para presentárselo al Genio del Fuego, a los Antepasados y a los Dioses Tutelares. Ese Fuego era el mismo, en esencia, que el custodiado en el Templo principal de la Ciudad, y también el mismo que habitaba en el corazón del niño. Era el Fuego visible símbolo del Fuego invisible, la chispa del Fuego de los Dioses que los griegos suponían que ardía dentro de cada hombre, símbolo del Espíritu. Cuando se adoraba el Fuego sagrado en el altar, se adoraba también el Fuego inmortal que subyace dentro del hombre, el Ser Invisible que mora en nosotros.

De esta sencilla manera el joven se rodeaba de un ambiente mágico que luego iba a ser potenciado tanto por la educación paterna como por los maestros y por la misma Ciudad en suma. La madre le contaba en sus canciones de cuna las fábulas y las leyendas e historias del pasado heroico –que nosotros llamamos mitos–, y el sacrificio de Prometeo, el Diluvio de Decaulión, las Edades de Oro, Plata, Bronce y la de Hierro, haciendo especial hincapié en la Edad de los Héroes. El Maestro le hacía aprenderse de memoria los himnos y cantos de las gestas de sus antepasados, especialmente las epopeyas de Aquiles y Ulises, y lo guiaba, a través de la Música y la Gimnasia, al desenvolvimiento del Ideal Educativo expresado tan magníficamente en los tiempos del Imperio Ateniense; y la Ciudad le daba ejemplos de hombres virtuosos, le mostraba la belleza del Arte, la sabiduría de las tragedias, y el joven intentaba vivir el Ideal Heroico sirviendo al Estado ya fuera en la Paz o en la Guerra.

A través del conocimiento del pasado aparecía en él la conciencia de su origen divino. De hecho, todo griego creía que descendía más o menos indirectamente de un héroe o de un Dios, que por sus venas corría la sangre fuerte y vibrante de los Dioses. Los Reyes gobernaban por Derecho divino y las Leyes tenían el mismo carácter. Esa inmanencia de lo divino no la veían tan sólo en ellos mismos, el griego creía que los Dioses estaban en todas partes, en los árboles, en los lagos, en el fuego, interviniendo en la vida humana, ayudando a los guerreros en las batallas, inspirando a los oradores, alentando a los poetas… Estaban, de alguna manera, presentes en todas las circunstancias, influyendo en la vida de los hombres, y aunque se ha hablado de que en Grecia llegó a haber 4.000 dioses, lo que no hubo jamás fue un solo ateo. El pueblo heleno no recluyó su Religión en Iglesias, que son, con frecuencia, islas de lo divino en un mundo profano, sino que la vivió, como la mayor parte de sus actividades, en las calles y plazas, en los valles y en las montañas, en privado y en público. No existía el temor de Dios, ni el sentimiento de culpabilidad, sino el de la redención. El griego sabía que él mismo era, a su manera, un dios, que era de "Raza divina" y que, como dijo Heráclito: "Los Dioses son hombres inmortales, y los hombres Dioses mortales". Por eso, todo griego quería alcanzar la Inmortalidad, la Gloria, el Honor, la Victoria, y eso sólo se podía lograr siguiendo la vía del Héroe.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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