Introducción Aunque comúnmente se identifica al movimiento renacentista como una recuperación de los valores de la antigüedad grecorromana, una mirada un poco más atenta nos permite apreciar el importante papel que desempeña en la escena del resurgir de los estudios filosóficos una corriente de pensamiento, que se armoniza con el neoplatonismo florentino de la Academia de Careggi y que podríamos considerar como de carácter esotérico. En ese sentido, se ha estudiado con cierta profundidad1 el interés suscitado por la aparición del “Corpus” de escritos atribuidos a Hermes Trimegisto y su contenido lleno de alusiones a la iniciación en los misterios, y la instrucción de un maestro (Thot) a su discípulo (Asclepios y Tat) sobre las grandes verdades del Conocimiento esotérico. Pero son menos conocidas otras influencias igualmente trascendentales. Marsilio Ficino, que recibió el encargo de traducir los textos herméticos, en la dedicatoria de la traducción a Cosme de Medicis establece una genealogía de saber teológico, o “Prisca theologia” , que “tiene su origen en Mercurio y culmina con el divino Platón”. Esta suerte de cadena de sabios estaría formada por: Zoroastro, Mercurio Trimegisto, Orfeo, Aglaofemo, (que había sido iniciado por Orfeo y cuyo sucesor sería Pitágoras), Pitágoras, y Platón. Se basa Ficino en la autoridad de San Agustín, Cicerón y Lactancio, el cual en sus “Institutiones” recoge abundantes citas del Corpus Hermeticum y termina diciendo que la obra “resplandece una luz de iluminación divina”. En ella se enseña cómo, elevándose por encima de los engaños de los sentidos y de las nubes de la fantasía, podemos dirigir nuestra mente hacia la Mente divina; de la misma forma en que la Luna se vuelve hacia el Sol, Poimandro, es decir, la Mente divina, puede penetrar en la nuestra infiltrándose hasta el punto en que ella pueda contemplar el orden de todas las cosas tal como existe en la mente de Dios. El texto tuvo una enorme difusión, hasta tal punto que después de su primera impresión en 1471 se hicieron dieciseis ediciones. Las condenas que había hecho San Agustín de algunos párrafos del Asclepius, que contenían elementos mágicos, habían desprestigiado el nombre de Egipto, pues se asociaba a una magia que había sido anatematizada ya en la Edad Media. El Corpus Hermeticum, extraordinariamente piadoso, venía a rehabilitar la figura de Hermes, relacionándola con la filosofía platónica. “La posición extraordinariamente elevada que se asignó a Hermes en esta nueva era trajo como consecuencia la rehabilitación de Egipto y de su sabiduría, a la vez que produjo idéntico efecto con respecto a la magia a la que iba asociada tal sabiduría”.2 Pero no es sólo Hermes el sabio antiguo que había enseñado a los hombres los misterios divinos, pues antes que él, en la genealogía ficiniana, aparece Zoroastro y si los escritos herméticos resultaron trascendentes para el despertar a la sabiduría de aquellos filósofos del Quatrocento, junto con tales textos se encontraban un conjunto de enseñanzas conocido como “Oráculos caldeos” , equiparados a aquéllos en su carácter mágico y esotérico e igualmente venerados y respetados. Hermes y Zoroastro, a través de oscuros textos metafísicos hicieron presente la Tradición esotérica de Oriente, la Magia y la Teurgia3 de las escuelas de misterios de la antigüedad. Como dice Kristeller, “el platonismo renacentista era plenamente consciente de ser parte de una tradición”4 que se remontaba a la antigüedad egipcia y persa pues los sabios de la antigüedad y Platón mismo representaban una philosophia perennis, término acuñado, curiosamente, por Agostino Esteuco, teólogo católico del siglo XVI. |