Cualquier cosa que abandone el estado de Laya (homogeneidad), se convierte en vida activa y consciente. La conciencia individual emana de la conciencia Absoluta, que es Movimiento eterno y a ella vuelve. (Axiomas Esotéricos).
Cualquier cosa que es lo que piensa, entiende, quiere y actúa, es algo celestial y divino, motivo por el cual debe ser, necesariamente, eterno. (Cicerón). En nuestro editorial de Marzo, citamos la concepción de Edison acerca de la materia. G. Parsons Lathrop, en la revista "Harper's," escribe que, según la creencia personal del gran científico americano de la electricidad: "los átomos poseen un cierto coeficiente de inteligencia" y luego agrega otras quimeras de tal género. Este vuelo de la imaginación, indujo al número de Febrero de la revista "Review of Reviews," a llamar a capítulo al inventor del fonógrafo, sometiendo la siguiente crítica: "Edison se ha entregado a los sueños, su imaginación científica está trabajando incesantemente." Ojalá que los científicos ejercieran su "imaginación científica" un poco más y sus negaciones dogmáticas y frías, un poco menos. Hay diferentes clases de sueños. En ese extraño estado del ser, a menudo uno percibe más hechos reales que durante la vigilia y, según Byron, nos proyecta en una posición "con los ojos sellados, para ver." La imaginación es uno de los elementos más poderosos en la naturaleza humana o, en las palabras de Dugald Stewart: "es la gran fuente de la actividad humana y el principal manantial del mejoramiento humano [...] Si destruimos dicha facultad, la condición humana se tornará tan estancada como la de los animales." Es el mejor guía de nuestros sentidos ciegos, sin el cual, estos nunca nos conducirían más allá de la materia y sus ilusiones. Los descubrimientos más grandiosos de la ciencia moderna se deben a la facultad imaginativa de los descubridores. Sin embargo, ¿cuándo se ha postulado algo nuevo, cuándo se ha presentado una teoría antitética y contradictoria con la predecesora, ya afincada en su cómodo nicho, sin que la ciencia ortodoxa la aplastara, tratando de aniquilarla? Al principio, aun Harvey era considerado un "soñador" y, además, un loco. En último análisis, a toda la ciencia moderna la constituye un conjunto de "hipótesis," los frutos de la "imaginación científica," repitiendo la feliz expresión de Tyndall. ¿La idea de que la conciencia existe en todo átomo universal y la posibilidad que el ser humano controle completamente las células y los átomos corporales, debería ser descartada como un sueño, sólo porque los papas de la ciencia no han otorgado a la conciencia y a dicha posibilidad, el sello de aprobación? El Ocultismo enseña lo mismo, diciéndonos que cada átomo, como la mónada de Liebnitz [filósofo alemán], es un pequeño universo en sí y cada órgano y célula corporal posee un cerebro propio dotado de memoria y, consecuentemente, de experiencia y poderes discernidores. La idea de la Vida Universal, compuesta de vidas atómicas universales, es una de las enseñanzas más antiguas de la filosofía esotérica y la hipótesis de la ciencia moderna de la vida de los cristales es el primer rayo, desde la estrella antigua del conocimiento, que ha alcanzado a nuestros eruditos. ¿Si es posible demostrar que las plantas tienen nervios, sensaciones e instinto (sólo otro nombre de la conciencia), por qué no conceder lo mismo a las células del cuerpo humano? La ciencia divide la materia en cuerpos orgánicos e inorgánicos, sólo porque rechaza la idea de la vida absoluta y de un principio vital como entidad. De otra manera, sería la primera en constatar que la vida absoluta no puede producir, ni siquiera, un punto geométrico o un átomo inorgánico en su esencia. Sin embargo, según los científicos, el Ocultismo "enseña los misterios," que son la negación del sentido común, así como la metafísica es una especie de poesía para Tyndall. La ciencia no admite ningún misterio y dado que el Principio Vital es y debe permanecer para los intelectos de nuestras razas civilizadas, un misterio perenne en las líneas físicas, los que consideran esta cuestión tienen que ser, necesariamente, orates o embusteros. Esta es la situación. Sin embargo, podemos hacer eco a las palabras de un predicador francés: "el misterio es la fatalidad de la ciencia." Los misterios inalcanzables y eternamente impenetrables rodean a la ciencia, sitiándola. ¿Por qué? Simplemente porque la ciencia física se autocondena a un adelanto parecido a un círculo vicioso, alrededor de la rueda de la materia, limitada por nuestros cinco sentidos. Aunque la ciencia se confiese ignorante acerca de la formación de la materia y de la generación de una célula y si bien no pueda explicar lo que es esto, aquello y lo otro, sigue dogmatizando, insistiendo en lo que la vida, la materia y todo el resto no es. En síntesis, las palabras del Padre Félix, que dirigió hace cincuenta años a los académicos franceses, casi se han convertido en una verdad inmortal. "Caballeros," él dijo, "ustedes nos echan en cara que nosotros enseñamos los misterios; sin embargo, pueden imaginarse cualquier clase de ciencia que les plazca y seguir el magnífico radio de sus deducciones [...] mas cuando lleguen a su fuente madre, ¡se enfrentarán con lo desconocido!" A fin de dirimir, de una vez por todas, la debatida cuestión en las mentes de los teósofos, nos proponemos probar que la ciencia moderna, debido a la fisiología, está al punto de descubrir que la conciencia es universal, justificando, entonces, los "sueños" de Edison. Antes de hacer esto, queremos también mostrar que, si bien muchos científicos están embebidos con tal creencia, son muy pocos los intrépidos dispuestos a admitirla abiertamente, como en el caso de las "Memorias" póstumas del Doctor Pirogoff de San Petersburgo, egregio cirujano y patólogo, las cuales levantaron mucho clamor entre sus colegas indignados. Entonces, el público se pregunta, ¿cómo es posible que el Doctor Pirogoff, considerado casi el epítome de la erudición europea, crea en las supersticiones de los alquimistas desquiciados? Es aquél que, en la revista rusa Novoye Vremya de 1887, un contemporáneo lo describe como: La encarnación de la ciencia exacta y de los métodos de pensamiento. Ha disecado centenares de miles de órganos humanos, familiarizándose con todos los misterios quirúrgicos y anatómicos, así como nosotros conocemos nuestros muebles. Es el científico por el cual la fisiología no tiene secretos y a quien, sobre todos los hombres, Voltaire hubiera preguntado irónicamente, si acaso no hubiese encontrado el alma inmortal entre la vesícula y el intestino ciego. Después de la muerte de Pirogoff se descubre que dedicó muchos capítulos literarios de su testamento a la demostración científica [...] ¿La demostración científica de qué? De la existencia, en cada organismo, de una "Fuerza Vital" distinta, independiente de cualquier proceso físico o químico. Análogamente a Liebnitz, aceptó la homogeneidad de la naturaleza, un Principio Vital, objeto de ridículo y escarnio, esa teleología perseguida y desdichada o la ciencia de las causas finales de la vida, que es tan filosófica como anticientífica, si tuviéramos que creer en las academias reales e imperiales. Según la ciencia dogmática moderna, el pecado imperdonable de Pirogoff era que, el gran anatomista y cirujano, tuvo la "intrepidez" de declarar, en sus "Memorias," que: No hay ninguna causa que nos induzca a rechazar la posibilidad de la existencia de organismos dotados de propiedades que los convertirían en la encarnación directa de la mente universal, una perfección inaccesible para nuestra mente (humana) [...] Porque no tenemos ningún derecho a decir que el ser humano es la expresión última del divino pensamiento creador. Estos son los aspectos principales de la herejía de una de las estrellas científicas de nuestra era. Sus "Memorias," no sólo muestran claramente que creía en la Deidad Universal, la Ideación divina o el "pensamiento Divino" hermético y en un Principio Vital, sino que enseñó todo esto y trató de demostrarlo científicamente. Por lo tanto arguye que, la Mente Universal no necesita ningún cerebro físico-químico o mecánico como órgano transmisor. Se extiende hasta el punto de admitir, con estas palabras sugestivas, lo siguiente. |