En Egipto todo es mágico. Egipto logra la fusión del Macrocosmos en el Microcosmos. Egipto infunde todas las maravillas del Cielo en la Tierra. Las infunde de tal suerte, que hasta su división geográfica, su división en provincias con sus nombres, el recorrido del Nilo, todo, obedece a un esquema y a un recorrido que está trazado en el Cielo. El Nilo, río que Herodoto llamaba el Don de Egipto, no era un solo Nilo. Había un Nilo celeste y un Nilo terrestre. Si las aguas discurren arriba, también lo hacen abajo; si el mundo vibra arriba, el mundo vibra abajo. Tanto es así, que una de las más famosas enseñanzas herméticas nos recuerda: "Así es abajo como es arriba". Egipto logra plasmar esta magia, no sólo en sus dioses infinitamente profundos, misteriosos, sino que lo hacen también en la medicina, en el arte, en la distribución de sus hombres, en el trabajo. No hay ninguna actividad que no sea mágica. Los que reman tienen su mágica canción que hace mover los remos con mayor facilidad; los que siembran tienen una mágica canción que hace que la semilla crezca con mayor facilidad; los que cortan la piedra tienen su mágica canción para que la piedra sea cortada en el justo lugar. No hay fiestas casuales; la primavera tiene su ritmo, el verano tiene el suyo, y el invierno y el otoño también. El egipcio aprendió la magia de que su casa, aquella en la que vive, puede ser pequeña y pobre, puede ser de barro y paja; mas la Casa donde viven sus dioses es fuerte, es de piedra, resiste los embates y las tormentas. Todavía hoy nos admiran sus pirámides, y nos seguimos preguntando cómo fueron colocados sus enormes bloques. Existen hipótesis diversas, variados estudios acerca del tema, pero hay una cosa que es cierta e inamovible: las pirámides fueron construidas por la magia de un pueblo que aprendió a trascender el tiempo. Otro pueblo muy antiguo es aquel del que surge Zoroastro, que luego se transfunde en las costumbres de los medos y de los persas. Son los antiguos "Mags", cuyo nombre se asemeja tanto al de "magia". Tenían ellos un especial culto al Sol, desgraciadamente mal interpretado, puesto que los antiguos Mags aclararon siempre que ellos no adoraban al sol físico -el que además da luz y calor- sino que adoraban a un Sol Central, a un Sol de Verdad y de Justicia que está más allá del cuerpo del Sol. Explicaban los «Mags» que si nosotros, que somos tan pequeños, tenemos un cuerpo que es apariencia y que sirve para cubrir un alma que es profunda y grande, ¿cómo el Sol que es tanto más grande y tanto más luminoso que nosotros, no ha de tener un alma detrás del cuerpo que nos ilumina? Adoraban, pues, al Alma del Sol, aunque su cuerpo dé luz y calor. Adorando al Sol, adoraban al Fuego, al rayo, a la luz, y todo aquello que significaba manejar la luz, el calor, el fuego, la electricidad. Pensaban que en este elemento, en el elemento Fuego, estaba la magia más profunda, que luego iba descendiendo hacia los otros tres elementos: el Aire, el Agua, la Tierra; hasta que, finalmente en la Tierra, quedaba en manos de los hombres, un poco ensombrecido y empobrecido, pero Fuego al fin. |