Cuenta Fa-Lín que en una oportunidad, 18 monjes budhistas quisieron convertir al Emperador Huang-Ti. Este, dialéctico excepcional, los venció y mandó arrojarlos a un calabozo. Los budhistas dirán más tarde que éstos escaparon por medios mágicos de su encierro. Según la tradición china, el Budhismo habría penetrado más tardíamente, cerca del año 61 de nuestra era, y a raíz de un sueño profético del Emperador Ming-Ti en el que vio “un hombre de oro que resplandecía como un sol”. Un consejero, Fu Yin, lo interpreto en el sentido de que el Cielo invitaba al Emperador a adorar a un nuevo Dios venido del Oeste. El Emperador destacó de inmediato a una fuerte embajada a través de sus fronteras occidentales y 18 de sus mensajeros llegaron a Magada, al sur del Ganges, donde recogieron y recopilaron numerosas obras budhistas, y en el año 67 regresaron acompañados de dos sabios brahmanes convertidos al budhismo: Ghodarma Aranya y Kasyapa Madanga. Les acompañaban numerosos bonzos cuando llegaron a la capital de Loyang, recibidos con gran pompa por el Emperador. En ese lugar se elevaría luego el Po-Ma.Tzén o Templo del Caballo Blanco en memoria del animal que traía a lomos los tratados Sutras. Entre los libros traídos venía una Vida de sakyanuni en 5 volúmenes. También un excelente resumen doctrinario llamado Sutra de los 42 Artículos que fue guardado “en el decimocuarto cofre de piedra de la Biblioteca Imperial”. En China, el Budha recibe apelativos como el de “Shi.chiá-Mu-ni-Foh-yeh” y “Cha-Menn”, haciendo referencia a sus virtudes mágicas. Ming-Ti es el “Asoka” chino y lleva el Budhismo a cuantos sitios puede. A la manera de Constantino con el Cristianismo en Occidente, más que sugerirlo, lo impone. Los vínculos con la lejana cuenca del Mediterráneo se hacen más sólidos y hay un intercambio de elementos que ya había existido cuando Alejandro y el rey de Poros en India. Los símbolos típicos del Bienaventurado son la Swastica, la Rueda, el Loto y el Sillón Vacío. Todo esto se plasmará en el arte en conjunción con elementos griego-helenísticos, llegándose a maravillosas concreciones, como la Bactriana y en el Arte Gupta, en los que a veces se identifica al Budha con Helios y Apolo vistiendo peplos a la manera griega. En China, esta penetración e intercambio no llega a plasmarse de la misma manera, pero sí en muchos otros aspectos. De alguna forma, el Budhismo no conquista a China, sino que ese gran país lo convierte en una forma china de religión, con muchas otras influencias. El maravilloso tratado ético Dhammapada fue traducido al chino y ampliamente aceptado. Se compiló una gran cantidad de parábolas, que sugirieron a investigadores de principios de nuestro siglo XX llamarlas el “Evangelio del Budha”, aunque éste, como tal jamás existió, ya que la Doctrina de Siddharta se basa en la auto-redención quemando el karma negativo, y no en una salvación que dependa de intercesor alguno. Con la caída de la Dinastía Han, el Budhismo sufrió un rudo golpe, pues dejó de ser la “religión oficial” y tuvo que competir con las demás formas de fe. El Budhismo, que se había dividido en Hinayana (pequeño vehículo) y Mahayana (gran vehículo) afianzó esta última forma, muy impregnada de magia, en el Norte y en Nanking, donde en el 245 la Dinastía Wu funda un gran templo-monasterio encabezado por el mago Tché-Kieng, traductor, además, de numerosos y muy antiguos libros esotéricos al chino. Pero la hora del Budhismo en China, en cuanto a su esplendor, había pasado. El pueblo se aferró a posiciones éticas más definidas y sencillas y sólo la aristocracia lo siguió cultivando. Hasta que en ésta misma, los antiguos aliados seguidores de Lao-Tsé prefirieron aliarse a los Confucianistas para detener la Budhismo triunfante. Los cambios históricos nos llevan a la muerte del Gran Khan, en el 316, van a salvar al Budhismo a la luz del gran eclecticismo que estos “bárbaros” imprimen en China, pasando por encima, no sólo de murallas físicas, sino de otras costumbres y cultos milenarios. El siglo IV verá una resurrección del Budhismo. Desde el Tibet se introdujo el culto a Avalokiteshvara y a Kwan Yin, bajo formas búdhicas y de la mano de portentosos magos que realizan muchos fenómenos, como el de hacer crecer lotos azules entre las manos del Emperador, para divertirlo. |