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Los dioses: necesidad o realidad
"El reencuentro de dioses y hombres provoca un intercambio de energías, una aportación celeste, una posibilidad de comunicación con lo divino."



Los dioses: necesidad o realidad

Fernando Shwarz

Tercera Sección

En estos montes, colinas o bosques, se establece un contacto natural entre las diferentes dimensiones; allí el poeta encuentra su musa inspiradora, el escultor sus criterios de estética, el científico la ley del pensamiento. Y todo hombre que la busca, su paz interior. Ninguna necesidad de tecnología, de contador “geiger”, sino de un poco de sensibilidad al ritmo de la Naturaleza. Y sin embargo, la belleza del lugar no se conjuga siempre con su carga psicológica, carga que puede, por otra parte, ser positiva o negativa.

Así se hablaba, en la Edad Media especialmente, de lugares benditos o malditos. Allí los espíritus de las tinieblas penetraban el mundo de los vivos, o los espíritus de los vivos el mundo de los muertos. Recordemos el descenso a los infiernos de Eneas, entre tantos otros, así como las infinitas leyendas que circulan aún sobre el Mundo Infernal.

En Egipto, las divinidades no son solamente Fuerzas de la Naturaleza o “Potencias invisibles”, sino que pueden encarnarse. De ahí la importancia del viaje simbólico de los dioses, especialmente en la barca sagrada. En este viaje realizan la unión del mundo de los vivos y el mundo de los muertos siguiendo un periplo vertical y circular, mientras que en la tierra la procesión efectúa la marcha humana (es decir, horizontal). El reencuentro de dioses y hombres provoca un intercambio de energías, una aportación celeste, una posibilidad de comunicación con lo divino.

La peregrinación de la barca en el exterior del templo no es otra cosa que la proyección de su periplo celeste en el eje de la Naturaleza y el hombre. El hombre que penetra en el caos es el que puede continuar su peregrinación con los dioses, realizando su ascenso y rebasando el horizonte.

A semejanza de la Divinidad, el Sol navega también en su barca, diurna o nocturna, ascendente (Madjit) o descendente (Mesektit). Es siempre el mismo símbolo: el vehículo que transporta una energía sutil, más ligera que él mismo. El hombre puede también ponerse al servicio de lo que hay de más sutil en él (es decir, su al-ma) y llegar a ser el símbolo de este “misterio” emprendiendo el viaje vertical, el séptimo viaje del que habla Platón, el que puede vencer el tiempo y penetrar en la multidimensionalidad en la que el Universo entero empieza a vibrar como un solo ser viviente, donde los dioses no son más torbellinos de la Naturaleza sino Realidades vestidas de símbolos y de imágenes correspondientes a la ley analógica del mundo mineral, vegetal y animal.

El Universo viviente y dinámico era un postulado básico para el egipcio; por lo que tenía cuidado de no limitar ni producir esclerosis en ninguno de sus componentes. Fijar una idea, un hombre, un animal, un vegetal o un mineral, venía a resultar algo parecido a aprisionarlo en su materia, a destacarlo de su contexto, y por lo tanto a bloquear su evolución. La definición, la “medida” de una cosa comportaba, para el egipcio, la cosa en sí más el espacio que la rodeaba. Estaba así circunscrito, pero no limitado.

Midiendo una cosa, recortándola, examinándola en todos los sentidos, independientemente del espacio en el que ella evoluciona, se paran el tiempo y el movimiento, es decir, la vida. Así hace el hombre que mira una hoja arrancada del árbol y deduce que todas las hojas de ese árbol tienen la misma longitud, el mismo color, el mismo aspecto.

No existe pues, para el egipcio, “retrato robot”, medida tipo, puntos de mira en el movimiento; no se pueden fabricar más que cosas ilusorias, artificiales. Es por eso por lo que utilizaban medidas irracionales (el codo, el número de oro, el número pi...), y relativas, para mantener su atención fija sobre el sagrado Neter.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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