A pesar de la concepción limitada de la ciencia moderna acerca de dicha Fuerza, es algo sugestivo que haya producido las siguientes observaciones de un egregio científico, el actual profesor de fisiología en la universidad de Basilea,4 el cual habla como un Ocultista. Sería una locura si, valiéndonos sólo del auxilio de nuestros sentidos externos, esperáramos descubrir, en la naturaleza animada, ese algo que no podemos encontrar en la inanimada. Entonces el orador agrega que el ser humano, además de los sentidos físicos, está dotado de uno interno, una percepción que le suministra la posibilidad de observar los estados y los fenómenos de su conciencia, "debe usar éste para relacionarse con la naturaleza animada," una profesión de fe que roza, suspicazmente, los linderos del Ocultismo. Además, él niega la suposición, según la cual, los estados y los fenómenos de la conciencia representan, sustancialmente, las mismas manifestaciones de movimiento del mundo externo, fundando su negación recordándonos que no todos estos estados y manifestaciones tienen, necesariamente, una extensión espacial. Según él, esto sólo se relaciona con nuestra concepción de espacio que ha alcanzado nuestra conciencia a través de la vista, el tacto y el sentido muscular, mientras todos los otros sentidos, todos los efectos, las tendencias y las series interminables de representaciones, no se extienden en el espacio, sino sólo en el tiempo. Por lo tanto, él pregunta:¿Dónde cabe una teoría mecánica en lo antedicho? Los contrincantes pueden rebatir que esto es así sólo en apariencia, mientras en realidad, todos estos tienen una extensión espacial. Pero tal argumento sería completamente erróneo. Nuestra única razón para creer que los objetos percibidos por los sentidos poseen tal extensión en el mundo externo, estriba en la idea de que parecen hacerlo hasta donde pueden observarse, mediante los sentidos de la vista y del tacto. Sin embargo, en lo que versa sobre nuestros sentidos internos; aun esta presunta base pierde su fuerza y no hay terreno para admitirla. El argumento con el cual el conferenciante concluye su presentación es muy interesante para los teósofos. Este fisiólogo de la escuela moderna del Materialismo dice:Por lo tanto, al familiarizarnos de forma más profunda y directa con nuestra naturaleza interna, descubrimos un mundo completamente disímil del que nos muestran nuestros sentidos externos, revela las facultades más heterogéneas, muestra objetos exentos de la extensión espacial y fenómenos absolutamente inconexos con los que caen bajo las leyes mecánicas. Hasta la fecha, los oponentes del vitalismo y del "principio vital," en conjunto con los seguidores de la teoría mecánica de la vida, basaban sus conceptos en el presunto hecho de que, como la fisiología adelantaba, sus estudiantes lograban, más y más, coligar sus funciones con las leyes de la materia ciega. Según ellos, todas estas manifestaciones que se solían atribuir a una "fuerza vital mística," ahora podían integrarse bajo las leyes físicas y químicas. Esto es lo que aconteció y aún claman, enfáticamente, por el reconocimiento del hecho de que es sólo una cuestión de tiempo para que se demuestre, triunfalmente, que todo el proceso vital, en su inmensa totalidad, representa nada más misterioso que un fenómeno de movimiento muy complicado, regido, exclusivamente, por las fuerzas de la materia inanimada. Pero he aquí un profesor de fisiología según el cual, desafortunadamente para los científicos, la historia de la fisiología demuestra lo contrario y así pronuncia estas palabras ominosas:Sostengo que, mientras más exactos y polifacéticos son nuestros experimentos y observaciones, más profundamente penetramos en los hechos. Mientras más tratamos de sondear y especular sobre los fenómenos de la vida y más nos convencemos que aun esos fenómenos que esperábamos poder ya explicar, valiéndonos de las leyes físicas y químicas, en realidad son insondables. En efecto, son ampliamente más complicados y, por el momento, no serán elucidados por ninguna explicación mecánica. Este es un golpe terrible asestado a la vejiga entumecida, que se le conoce como materialismo, tan vacío como dilatado. Un Judas en el campo de los apóstoles de la negación, ¡los "animalistas'! Sin embargo, como acabamos de mostrar, el profesor de Basilea no es una excepción solitaria, sino que hay varios fisiólogos que comparten sus ideas. En realidad, algunos de ellos se extienden al punto de aceptar, casi, el libre albedrío y la conciencia ¡en los protoplasmas monádicos más simples! Un descubrimiento después de otro, tiende hacia esta dirección. Los trabajos de algunos fisiólogos alemanes son particularmente interesantes, en lo que atañe a casos de conciencia y discernimiento cierto, al punto que uno, casi está inclinado a decir que las amebas piensan. Ahora bien, como todos saben, las amebas son protoplasmas microscópicos, análogamente a la vampyrella sirogyra, una célula muy simple y elemental, una gota protoplásmica informe y casi sin estructura. Sin embargo, su comportamiento muestra algo que, si los zoólogos no llaman mente y poder razonador, deberán encontrar alguna otra calificación y un neologismo. Veamos lo que Cienkowsky5 dice al respecto. Al hablar de esta célula microscópica, simple y rojiza, describe su manera de buscar y encontrar, entre una variedad de plantas acuáticas, la spirogyra, rechazando cualquier otro alimento. Al examinar sus peregrinajes bajo un poderoso microscopio, él descubrió que cuando está hambrienta, proyecta, primero, sus pseudopodiae (pies falsos), mediante los cuales repta. Luego empieza a vagar hasta que, entre una gran variedad de plantas, encuentra una spirogyra, entonces, se dirige hacia la porción celular de una de las células de la misma, colocándose sobre ésta. Después, desgarra los tejidos y bebe los contenidos de una célula para pasar, luego, a otra, repitiendo el mismo proceso. El naturalista jamás la vió alimentarse de algo diferente y nunca tocó una las numerosas plantas de las que Cienkowsky puso en su camino. El naturalista, al mencionar otra ameba, la colpadella pugnax, descubrió que tenía la misma predilección por las chlamydomonas, de las cuales se alimenta exclusivamente. Esto es lo que él escribe acerca de su observación: "al haber perforado el cuerpo de la chlamydomonas, bebe su clorofila y después se aleja. El comportamiento de estas mónadas, durante su búsqueda por el alimento y su consumación, es tan pasmoso que, casi induce una persona a ver en ellas ¡seres que actúan conscientemente!" |