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La vida cotidiana en la antigua Roma
Reconstrucción de un carro romano
Museo Romano Germánico de Colonia



La vida cotidiana en la antigua Roma

Jorge Ángel Livraga

Cuarta Sección

Los impuestos eran mayores para los solteros, pues Europa en general, salvo las Galias, tenía una población escasa. En todo el Imperio, sobre tres continentes, los censos no registraron más de cien millones de habitantes.

El ejército estaba formado por profesionales y voluntarios, así como de levas en casos necesarios. El número de hombres en épocas de paz no superaba, en todo el Imperio, a los 330,000, pero su disciplina y equipo eran los mejores de su tiempo. Sus armas de artillería, como la catapulta y el onagro, se siguieron usando hasta muy avanzado el siglo XV.

Las “Doce Tablas de la Ley” fueron las bases del Derecho Romano, grabadas en bronce en el 450 a. C., y estaban a la vista de todos. Este Derecho Romano, con sus adaptaciones, es la médula del que aplicamos en la actualidad.

Aparte de los idiomas locales, toda la Administración Imperial hablaba el latín. Sobre todas las acuñaciones regionales primaba la moneda del Imperio. Tal unificación, soñada y tratada de recrear tantas veces luego, jamás fue alcanzada.

LA CAMPIÑA

Estaba cruzada por una red de caminos tan perfecta que, un estudio realizado en Francia, demostró que la actual red está sobre montada, casi en su totalidad, a los viejos caminos romanos. Las calzadas, muchas de las cuales llegaron enteras a nuestros días, eran preferentemente rectas, pasando a través de montañas en base a túneles, y de ríos y valles con portentosos puentes que aún nos asombran. Eso le permitía, a un hombre portador de un mensaje, hacerlo pasar d emano en mano y a lomo de caballo, desde Roma hasta París (Lutetia) en diez días. Aunque las rutas eran muy útiles para el uso de las tropas de caballería e infantería, también servían para carros y coches particulares. Habían unos carros-buses, de los cuales hay una excelente reproducción en el Museo de Colonia en Alemania Occidental, que llevaban incorporado un retrete y camas; la suspensión con flejes de cuero es magnífica y las ruedas giraban sobre los ejes en base a rodamientos, invento que aportó la tecnología gala. Del mismo origen eran las trilladoras mecánicas, que cortaban y acomodaban las espigas, tiradas por un asno y manejadas por un solo hombre. Otras máquinas, simples y robustas, servían para extraer el aceite de los olivos, la harina del trigo, etc.

Muchos especialistas se han preguntado por qué los romanos, teniendo tan buena tecnología, organización, administración y mano de obra; conociendo los rieles, la bomba aspirante-impelente, la caldera, los engranajes y demás mecanismos necesarios, no llegaron jamás a construir locomotoras, barcos o automóviles, ya que, cuando éstos surgieron, en el siglo XVIII, la tecnología no era superior. La respuesta es difícil… en verdad no lo sabemos. Parece ser que la causa fue más bien una alineación psicológica, un temor instintivo a las máquinas que aún se refleja en algunos lugares deprimidos económicamente de la Tierra, en los cuales no se usan arados de metal “para no envenenar la tierra”

La campiña estaba, cuando cultivada, bien irrigada y cuidada. Grandes villas encerraban verdaderos Emporios, algunos con puerto y flota propios. También abundaban las pequeñas casas de los campesinos, y conviene aclarar que en el mundo romano la miseria sólo se daba en algunos suburbios de las grandes ciudades, donde se acumulaba la creciente población de desocupados. En el campo no ocurría eso.

Por lo general, Europa y el Norte de África estaban arboladas de una manera que hoy nos resulta inconcebible: las aguas y los aires no estaban contaminados y luego de la Paz Augusta los caminos eran seguros y tenían a sus lados posadas calculadas de manera que hoy nos resulta inconcebible; las aguas y los aires no estaban contaminados y luego de la Paz Augusta los caminos eran seguros y tenían a sus lados posadas calculadas de manera que ningún viajero se viese forzado a pasar la noche sin techo.

Los recónditos templos de los Misterios y las Cavernas Sagradas, así como los bosquecillos dedicados a las Divinidades, daban al todo un hálito de religiosidad que en las grandes ciudades ya se había perdido en buena parte en manos de los aparatosos cultos oficiales y de los filósofos, que siendo sofistas muchos de ellos, sembraban la duda en las almas y la vacilación en las inteligencias.

No podemos cerrar este trabajo sin referirnos, muy brevemente, a las causas que precipitaron la caída del Imperio Romano.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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