El poder pensar percibiéndolo le otorga realidad a mi entorno. ¿No cabría, pues, que a medida que me fui pensando a mí mismo me fui otorgando también realidad? Y si esto fuese cierto, ¿no dependerá la existencia de mi Yo de la existencia de mi entorno? Esta pregunta aparentemente lógica y que tanto preocupa a los materialistas es un burdo sofisma. Si fuese cierto que comenzamos a existir con nuestro entorno y que nuestro Yo no es preexistente, todos los niños nacidos en parecidas condiciones serían por fuerza parecidos en todo. Pues siendo la única fuerza la del entorno, y siendo el Yo un producto de él, saldríamos todos iguales de las "líneas de montaje" de la Naturaleza, tal cual salen los coches o los aviones. Pero no somos cosas; somos Seres. Y las diferencias que se dan aun en personas criadas en un mismo hogar y ambiente -diferencias profundas y no tangenciales- nos demuestran la preexistencia de un Yo diferenciado para cada uno de nosotros. Pensamos diferente y por ende sentimos y somos diferentes. No hay una persona exactamente igual a otra. Así, al nacer, más allá del "hábitat" se manifiestan características propias de cada uno. Nuestro Yo es una complicadísima idea-forma que no tiene igual. Es razonable pensar que venimos modelados por experiencias diferentes, en vidas anteriores, en donde también habremos sido diferentes de todos los demás tras una acumulación de milenios experienciales. Nuestros conocimientos de historia nos enseñan que los entornos de las distintas épocas y países han sido asimismo diferentes. Y siendo nosotros mismos, desde un remoto pasado distintos, hace que en la relación diferenciada con escenarios vitales diferentes, no podamos ser iguales los unos a los otros. Sentada esta diferencia, el "nosotros" no es más que una relación más o menos armónica o conflictiva con los demás. De allí que Platón conciba la sociedad como una interrelación entre diferentes individuos. Cada uno de estos individuos tiene su propia concepción de sí mismo y de su entorno. Todo intento de masificación homogénea es artificial y doloroso. Por eso debemos cuidar la pureza y la nobleza de nuestras formas mentales, pues cada pensamiento que albergamos o emitimos, tiene su propia dinámica emanada de la de nuestro Yo en relación al no-Yo o entorno. Una ética profunda, una noción instintiva de lo bueno -fruto de la experiencia kármica acumulada- nos inclina a ser no sólo buenos, sino a rodearnos de todo lo mejor posible. Porque un entomo esencialmente y existencialmente bueno no nos perjudicará. No nos dañará ni dañaremos a nadie. Y ese entorno no comienza como aparentemente parecería, en los demás, sino dentro de nosotros mismos, en una forma de "sub entorno" que rodea al Yo Profundo. Estamos habitados por miles de ideas-formas que originan goces, dolores, pasiones, distorsiones aberrantes, fallas en el cálculo del valor de las cosas y de los hombres. |