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Botticelli, el mago de los colores
Sandro Botticelli simboliza muy probablemente el despuntar de la Aurora que anuncia el Sol pleno y absoluto de Leonardo, Miguel Ángel o Rafael.



Botticelli, el mago de los colores

José Ramón Naranjo

Primera Sección

El Renacimiento a la luz de la ciencia esotérica

La Ciudad de las Siete Colinas y el último guardián de sus Templos. Juliano, el Emperador-filósofo, postrado en el lecho, muy cerca de la muerte. Una imagen ancestral que pervivió a través de los pasos del tiempo. El último centinela de Isis, Júpiter y Mitra. Curiosa mezcolanza de divinidades compartiendo un mismo solaz en la ya alicaída y decadente Roma. Decían los antiguos que los Dioses “mueren” un poco cuando desaparece su culto, pues así como los mortales se alimentan de ilusiones divinas, así los Dioses se alimentan y sostienen gracias a sus cultores en el mundo manifestado.

Decían los viejos cronistas que en su última noche Juliano tuvo una visión: el Águila Olímpica emprendía el vuelo hacia el Oriente y se refugiaba por casi dos milenios en las montañas más altas del mundo. Desaparecido Juliano, los viejos Dioses “murieron” con él. El Águila se llevó el imponente numen y la fuerza mágica del Mundo Antiguo. Llegó la hora del hombre y de su pequeño mundo.

La Historia, sujeta el misterioso “Juego de los Dióscuros”, siguió trazando en el destino humano su inacabable espiral de luces y sombras, cúspides civilizatorias y llanuras estériles. Los ciclos se sucedieron unos a otros, y la cúspide olímpica dejó paso a la salvaje cabalgada barbárica, que sembró y forjó, al ruido de su bestial cayado, la penumbra medieval.

Corroborando el hundimiento de los últimos bastiones espirituales, y en palabras del Profesor Livraga, “la hechicería y las supersticiones más aberrantes deformaron las mentes. Leer y escribir se consideró diabólico y se destruyeron miles de bibliotecas. Casi todos –incluso los reyes- eran analfabetos, y el mismo Carlomagno sólo sabía hacer una rúbrica o dibujito que representaba su nombre, y al que sus escribas agregaban en latín las denominaciones y títulos que poseía. La vida era primitiva y rústica: los hombres siempre sobre las armas, y las mujeres en lánguida existencia entre la capilla y las reuniones de Corte”.

La Edad Media nació así, como su propio nombre indica, como tránsito intermedio, oscuro y de “barbecho” entre dos montañas, Roma y el Renacimiento. No obstante, sería injusto no reconocerle sus logros, físicos y espirituales. Actualmente se establece un importante distingo entre las llamadas Alta y Baja Edad Media. Así, los círculos cerrados de los alquimistas y astrólogos, cátaros, templarios y ermitaños siguieron existiendo como encarnación de una Fuerza natural que aún bajo condiciones adversas no puede ser totalmente destronada. Su sangre joven, ofrecida en holocausto al nuevo “Moloch” crucificado, regó los campos fértiles del nuevo Renacimiento e hizo posible un fulgor atemporal. Y las impresionantes Catedrales góticas, enhiesto colofón de la más pura Mística, con sus agujas clavadas hacia los cielos, lejos ya del dios oscuro y misántropo de las iglesias románicas, aún impresionan nuestras miradas.

Es de manos de Helena Blavatsky que ha caído precisamente la más dura y sepulcral losa sobre la Edad Media. Y si existe alguna autoridad inapelable a la que acercarse, ésta es indudablemente Blavatsky, tanto desde el punto vista histórico o cultural como esotérico. Sus sugerencias, siempre como a medio trenzar aún, han llegado a calibrar la posibilidad de que la Edad Media surja como gestación innata de la llamada “Jerarquía Negra”, promotora de las fuerzas adversas en el camino de la Transmutación.

Pero la desorientación propia del mundo contemporáneo está sumiendo a críticos e historiadores en la más absoluta ceguera ideológica. De ahí que prestigiosos medievalistas, como Fulcanelli, o esoteristas cultos, pero rayados, como René Guénon, concedan a la Edad Media un papel preponderante en el escalafón espiritual de la Historia, y aun pretendan sobreponerla al llamado Renacimiento y al propio mundo de los antiguos, Tenochtitlàn, Palenque, Susa, Pèrgamo, Atenas, Roma, Kapilavastu, Mirmidonia, el Japón o la China milenaria. Ellos son los “heraldos” del nuevo orden medieval y, con su mejor o peor intención, con mejor o peor criterio, exponen su “revelación” y hacen sonar el clarín de la alarma. Más que combatir sus ideas, evidentemente equivocadas, debiéramos preguntarnos qué negro augurio vaticinan. Probablemente sean sólo un ejemplo de lo que los autores como A. Toffler definieron como el “shock del futuro”, una contradicción alucinante provocada por el impacto súbito de la crisis contemporánea que busca, en desesperada carrera, compensaciones brutales a sus carencias, y corre el riesgo de caer en aberraciones falsamente espiritualistas.

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Última actualización:  
22 de septiembre del 2007
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