24 de marzo del 2006 13:30 hrs.
Bogotá recupera la autoestima
Por: Nueva Acrópolis - Panamá
Espectacular rehabilitación urbana de la capital colombiana pese a la violencia política.
Bogotá se ha convertido en un referente para América Latina. Del caos en el espacio público, anarquía en la circulación, inseguridad y ausencia de cultura cívica, en apenas una década se ha transformado en una acogedora ciudad que es ejemplo que seguir.
Para este cambio ha sido fundamental la creación de parques y espacios culturales. Avenidas y calles se cruzan entre zonas verdes que envidiarían los londinenses. Cada día, 400.000 personas se desplazan en bicicleta por 295 kilómetros de carril bici (en cuatro años serán 800.000). Los domingos, 1,6 millones de ciclistas ocupan las calle. El coche está siendo desplazado por Transmilenio, un moderno sistema de autobuses de transporte público que suple la ausencia de metro.
Delegaciones de grandes ciudades visitan Bogotá para conocer de primera mano cómo la capital de un país con un agudo conflicto armado pudo cambiar de cara en poco tiempo. Los tugurios, la violencia, la mugre, el ruido, la miseria se han ido transformando en parques, arte, educación y bibliotecas. A los visitantes les impresiona la recuperación del espacio público y el descenso de la inseguridad.
Bogotá ya no es, ni mucho menos, la capital más peligrosa de América. Desde hace diez años los índices de criminalidad se han reducido un 63%, pasando de una tasa de 80 homicidios por 100.000 habitantes en 1993 a 23,8 en el 2004: seis mil bogotanos se han salvado en estos diez años de morir asesinados.
Lo que más se valora es que estos resultados no se han obtenido con más policías, sino con inversión en infraestructuras en los sectores más pobres y con campañas para valorar la vida y respetar la legalidad. En dos mandatos como alcalde de Bogotá, Antanas Mockus ha hecho de lo que llama "cultura ciudadana" una política de gobierno; se ha esforzado en crear cultura cívica, que define como respeto a las normas, al espacio público y a la convivencia. En reconocimiento a estas políticas, el actual alcalde, Lucho Garzón, recibió en el Fòrum de Barcelona 2004 el premio Ciudad de Paz.
"A sólo tres manzanas de la plaza Bolívar los bogotanos comprobaron que los milagros urbanísticos sí existen", escribió José F. Hoyos en la revista Semana al inaugurarse el parque Tercer Milenio. La nueva zona verde sustituye al barrio más miserable de la América continental, El Cartucho, el mayor centro de tráfico de drogas y de degradación humana de Colombia: miles de hombres, mujeres y niños vivían de cambiar cartón, latas y botellas por basuco (una especie de crack). Allí se podía conseguir cualquier cosa: armas, documentos falsos, contrabando, sicarios, ladrones y prostitutas baratas. Cuando en 1999 se tumbó la primera casucha, el barrio tenía los indicadores más altos de asesinatos y era el mayor centro de consumo de drogas. Todo a tan sólo tres manzanas del palacio presidencial.
Como ha escrito la novelista Nuria Amat, es asombroso que los colombianos hayan logrado una ciudad hermosa en medio de la tragedia cotidiana; han sido los mismos ciudadanos quienes se ocupan de transformar la capital en un atrayente espacio cultural y urbano.
Ángela M. Pérez Mejía, directora de la Biblioteca Luis Ángel Arango - extraordinario complejo en el corazón de Bogotá que incluye la Fundación Botero, con una gran colección de arte contemporáneo, el Museo de Arte Iberoamericano, la Casa de la Moneda, el Museo de Arte del Banco de la República y una biblioteca con 1.600.000 volúmenes y 7.000 usuarios al día-, declara que "la cultura juega un papel fundamental en la transformación de Bogotá. Ha devuelto al bogotano la fe y la estima en su ciudad".
La Fundación Botero posee la colección personal de pintura contemporánea del artista. El Banco de la República también tutela el Museo del Oro, el mejor del mundo por la calidad y el diseño de los trabajos de orfebrería en oro (como la célebre balsa que da pie al mito de El Dorado) y por el gran número de piezas precolombinas que alberga.
Fuente: Joaquim Ibarz - La Vanguardia, Barcelona