El furioso está representado por el niño desnudo: simple, puro, expuesto a todos los accidentes de la naturaleza y de la fortuna, edifica, con la fuerza del pensamiento, castillos en el aire; y una torre, entre otras cosas, cuyo arquitecto es el amor, cuya materia es el fuego amoroso, y de la que él mismo es el obrero. Mutuo fulcimur (mutuamente nos sostenemos), lo que significa: yo os edifico y os sostengo allí con el pensamiento, y vosotros me sostenéis aquí abajo con la esperanza: vosotros estaríais sin el ser si no fuese por la imaginación y el pensamiento con que os formo y sostengo; y yo no estaría en la vida, si no fuese por el consuelo y refrigerio que por vuestro medio recibo. A todo ello le siguen breves rimas seleccionadas por Bruno, generalmente de su amigo el poeta Transillo, con lo que se cierra el emblema completo y acabado. El Diálogo V de la 1era parte es íntegramente un prodigioso desfile de emblemas y prendas que conoce el esforzado amante. Establece Giordano Bruno de una manera misteriosa y oscura un extraño vínculo entre la belleza material y la espiritual; casi parece recuperar aquella enigmática sentencia griega que afirmaba que la belleza física era un regalo de los Dioses que los mortales raras veces saben aprovechar. "El amor de la belleza corporal, a aquellos que tienen buenas disposiciones, no solamente no les aporta retraso alguno respecto a las más altas empresas, sino que más bien les da alas para volar hacia ellas, por cuanto les eleva la consideración y culto de la hermosura, luz y majestad divinas". Recomienda especialmente Giordano en cuidado y selección de las amistades; un hombre que frecuenta las muchedumbres no sabrá encontrar la palabra justa, ni el abrazo cálido, ni el consejo acertado, su voz será la voz del pueblo, su alma el alma de todos. El pueblo llano puede llegar a ser encantador, pero el filósofo que se confunde entre el oscuro vocerío de la muchedumbre traiciona sus más altos valores y comete adulterio hacia sí mismo. Uno de los más altos sacrificios que el afecto humano puede ofrecer al objeto de su amor es el de la alabanza. "Quién conocería a Aquiles, a Ulises y a tantos otros capitanes griegos y troyanos, sabios y héroes de la tierra, si no hubiesen sido elevados a las estrellas y deificados mediante el sacrificio de la alabanza, que en el altar del corazón de poetas y demás recitadores ilustres ha prendido el fuego?". Es una idea que causa vértigo. Alejandro, por ejemplo, vivió y murió hace más de veinte siglos. Conoció muchas batallas y no perdió jamás ninguna, pero la guadaña de la muerte se lo llevó muy joven. El tren de la Historia continuó su marcha, y Alejandro siguió guerreando a través de las páginas de leyenda que dibujaban sus proezas. Se convirtió en otra cosa, se hizo tinta y ficción, embrujo heroico y guerrero, y los poetas elevaron dos Ejércitos, el de sus panegiristas y el de sus detractores, y llegó entonces la carga de la Caballería ligera de las palabras. La batalla se decide, pues, eternamente, eternamente Alejandro vence o es derrotado a través de su otro Ejército, mucho más esotérico, de escribas. Por eso Alejandro es hoy inmortal, por eso aún guerrea en la mágica batalla de los libros, por eso dicen de él barbaridades, por eso se arrodillan aún los ingenios y le juran triunfo y gloria con ímpetu macedonio. Giordano Bruno desliza extrañas ideas sobre esta forma eterna de Guerra, establece una curiosa correspondencia entre Mercurio Trimegisto y la Señora del Amor. Casi parece concluir que donde el Amor eterno refulge y resplandece con más inmortal brillo es a través de la Literatura, allá donde el Tiempo, con sus granos de arena, no puede borrar ya los Isos, ni Salamina, ni Waterloo. Los grados de conocimiento y cercanía a la cálida luz del Apolo de la Sabiduría, se simbolizan en la obra de Bruno por nueve ciegos; a semejanza de la oscura caverna de Platón donde las almas vagan errantes confundiendo las sombras y simulacros de luz con las verdaderas diademas solares de Helios, el Rey-Sol de la Verdad, Giordano describe el Sendero hacia la luz verdadera como un recorrido a través de oscuros lugares realizado por un filósofo ciego, cuya ceguera cambia o se metamorfosea en otras más sutiles conforme asciende gradualmente. El 1ero es ciego de nacimiento. Ha venido al mundo como un topo, para ser visto y no ver, para desear aquello que no vio jamás. El 2do mordido por la sierpe de los celos se encuentra inficcionado en su órgano visual. El 3ero dice haberse quedado ciego por haber sido llevado repentinamente de las tinieblas a la vista de una gran luz; el 4to por haberla contemplado demasiado a menudo o por haber fijado en ella los ojos en exceso, por lo que ha dejado de ser sensible a toda otra luz. Al ciego que a continuación viene, el mucho llorar le ha velado los ojos de tal manera que el campo de su rayo visual no se extiende ya a las especies visibles. El 6to ciego vive en las tinieblas porque, a fuerza de llorar, ha vertido tantas lágrimas que ya no le queda más humor. El siguiente ha perdido la vista por la intensa llamarada que, desde el corazón, ha consumido primero los ojos y luego ha lamido todo lo que quedaba de humor en su cuerpo. La ceguera del 8avo fue causada por la saeta con que el Amor, a través de los ojos, le clavó en el corazón. Viene, en fin, el último ciego, que además está mudo, dado que Giordano considera superior el Silencio a las palabras, llegando al culto y dedicación secretos y últimos. Cada uno de estos ciegos remite, en cierto modo, a grados distintos de profundización en los llamados "Vestíbulo de la Ignorancia" y "Vestíbulo de la Instrucción" a que aluden los maestros del Tíbet, que Occidente reconoce gracias al magnífico Tratado que Helena Blavatsky nos tradujo como La Voz del Silencio. A veces, su verbo se vuelve oscuro. Se nos oculta qué haya querido decir Giordano. El Mago ocupa su sitial y nos habla de los Misterios. Así, nos dice que en todo verdadero Estado deben existir peones, artesanos, viles, pobres, servidores, a fin de que existan así mismo capitanes, nobles, ilustres, ricos, sabios, y héroes hijos de los Dioses, para que la eterna vicisitud y disposición universal en superiores e inferiores no se vea alterada. Nos habla del Tiempo como un destello de la conciencia que se precipita en vertiginoso espejismo sobre sí mismo. Recrea con absoluta familiaridad como si hubiese cenado ayer con ellos, las analogías oscuras de Pitágoras, Anaxágoras, Empédocles, Platón o los taumaturgos caldeos, y aún se permite corregirles en sus errores, o comenta pausadamente los prodigios que acaecerán cuando el Aries de la octava esfera ocupe el lugar el lugar del firmamento invisible y superior donde está el otro Zodíaco (¿el Zodíaco vertical que se dice manejaban los egipcios?) o el modo en que los Ángeles rebeldes descendieron voluntariamente a la esfera humana, a fin de que alguno de los humanos pudiesen ascender a la divina esfera, pues todo es un movimiento vicisitudinal y equilibrado, y en nada iguala el amor de los hombres ese otro de las Criaturas celestes y superiores hacia los propios hombres. Extraños oráculos nacidos al calor de quién sabe qué cultos y profundos nexos con la Antigüedad egipcia y pre-helénica. Por eso, más allá de su asesinato y de la condena de sus libros, Giordano Bruno ofrece una llave al buscador de respuestas que quiera acercarse al mensaje de su obra. Hoy, aquí, entre las alas del cisne bajo el arropado manto de estrellas del la divina Venus Urania. |