De los heroicos furores Siendo como es tan compleja y varia la creación filosófica de Giordano Bruno, abordamos en esta breve reseña monográfica uno de los temas capitales sin duda del ilustre discípulo italiano y de toda la producción filosófica y literaria del Renacimiento. La obra de la cual iniciamos a continuación un somero estudio y síntesis fue intitulada por su autor De los heroicos furores. ¿Qué quiere esto decir? Difícil se nos hace presentar aquello que no precisa palabras y es el Dios sumario y burlón que ata, liga, estrecha, vincula y relaciona todas las cosas vivas e inertes de Universo animado. ¿Lo llamaré Amor? ¿Utilizaré aún ese viejo nombre gastado que define hoy ya a la caterva de afectos pordioseros y burgueses que cruzan las almas innobles? "Los heroicos furores", es el apelativo que utilizó Bruno, y aun quiso llamarlo Cántico. "Heroicos", esto es, valientes y esforzados. "Furores", es decir, pasiones de fuego, ígneos sentimientos, Empresas, Cruzadas, Peregrinajes, Rutas, Conquistas. Traduciendo: La furia del héroe, la pasión del Alma y del humano corazón por fundirse en insoluble abrazo con la Esfera de la Perfección, el reino de los Arquetipos, el Mundo superior, Celeste, real. Tal es el propósito de Bruno. La obra que nos ocupa ve la luz en el año 1548. El tema de los amores, divinos y humanos, y la mística contemplación de las formas y sus ocultas esencias, no es lo único y exclusivo de nuestro autor. El propio Dante en La Divina Comedia o en La Vida Nueva nos ofrece una exquisita muestra de dedicación al tema. Asimismo, Pico de la Mirándola, Masilio Ficino, León Hebreo, Baltasar Castiglione o el propio Lorenzo de Médicis, han expuesto y comentado con lujo de detalles e ideas las aventuras del amor tras de su eterna empresa. John Charles Nelson, en su obra Renaissence theory of Love, nos ofrece una buena muestra del ramo. Heroico y arriesgado tema capaz de prender en las más poderosas inteligencias. ¿Qué pasa con el Amor? ¿Qué Ángel, Dios o Demonio no queda prendido tras de su estola? ¿A quién no hincará de rodillas bajo su suave cetro? Los héroes de la pluma renacentista van a desenterrar a Salomón, Ovidio, Platón, Virgilio, Dante o Epicuro de la tierra y polvo de los siglos. Amor a las damas, a las estrellas o a la Misteriosa Inteligencia Rectora del Universo, puerilidades galantes o ascensión mística hacia la Unidad; como Platón, como Plotino, como Giordano, podemos concluir que toda búsqueda oculta y misteriosa de Dios. En realidad, su libro versa sobre los furores heroicos, esto es, la furia incipiente del Alma tras de la Belleza, la Perfección y el Honor. Los Ejércitos que presiden el fondo del pecho, las Legiones enfrentadas por el dominio de la conciencia, las pasiones y anhelos arrebatados del espíritu humano que le arrastran, ora hacia las alturas, ora hacia los abismos. Son las sagradas huestes de los Kurús y Pandavas en el campo del honor de la llanura de Kurukshetra, las Walkirias nórdicas, los Ejércitos Interiores, el Bien y en el Mal, las virtudes y sus sombras los vicios, las mágicas cadenas de nuestros amores que se engarzan en las estrellas o se precipitan en la molicie, la concupiscencia o el egoísmo. A la voz de la humana voluntad, Falanges interiores presentan estandartes, banderas, troncos, enseñas, bronce y heráldica. La voluntad, a través de la inteligencia discursiva, organizada, distribuye, destierra y enaltece, sojuzga y anima, transforma una hueste de desarrapados corsarios, bandidos, en poderosa columnata de bronce enamorada únicamente de Dios. Hay entonces un proceso pedagógico que gobierna y distribuye los efectos y potencias sensibles e inteligibles. La obra está escrita en al clave de amor cortés. Recrea una gigantesca e incomparable metáfora entre el amor humano y el místico. Pues así como el amante prende en su despierto intelecto la imagen de su amada y le rinde una veneración y un culto ceremonial y casi divino (que Giordano critica porque endiosa lo sencillamente humano, y eleva a la categoría de sagradas unas hermosas trenzas de oro, unos ojos de plata y un talle de cisne, cosas bellas y dignas pero humanas al fin, hurtándole a lo divino su trono y su sitial, desmayado y estupidizando el ingenio), así el filósofo persigue y conquista los Misterios, el Honor, el Bien, la unión con la Divinidad y el indisoluble sacramento del matrimonio con los Seres Superiores, misteriosos y Secretos. Amar a los Dioses y a los Misterios de la Naturaleza es un poco, con Giordano, como estar enamorado de una dama, salvando las inevitables distancias y marcando las jerarquías que rigen los diversos afectos a través de la escala platónica que lleva desde la tracción natural por las formas físicas bellas (que no es en Giordano vergüenza ni vituperio) hasta los mas sagrados lazos que nos unen a la rítmica procesión de las esferas y en la ultérrima y misteriosa Unidad. No hablamos de una "novela de amor", sino de un Tratado de la Contemplación mística, aunque sus formas, alardes y pesares recuerden los del amante llorando una extraña lejanía, acaso la de su verdadero Amor juramentado, su Espíritu inmortal, su Yo secreto y último, los inefables lazos que ligan hacia el inaprensible Logos. En este sentido, rememora las viejas enseñanzas platónicas, los secretos del amor sufí, ciertos Misterios de Eleusis, ciertas doctrinas órfico-pitagóricas, cultos dionisíacos sublimados, las canciones de amor trovadoresco y los juegos del amor cortés renacentista. Distingue Giordano Bruno (siguiendo tal vez una viejísima tradición neoplatónica que cita a Venus Urania, Genetrix y Pandemus) tres especies de rapto platónico: "El primero es el amor que, partiendo de la apariencia de lo corporal, se eleva a la consideración de lo espiritual y divino, el segundo es el amor que se limita a perseverar en la delectación de la vista y de la dulce conversación; el tercero es el que partiendo de la vista, se precipita en al concupiscencia del tocar. De lo que resulta que de aquellos que se encuentran en esta milicia, prisioneros en las redes del amor, unos se proponen como fin de sus deseos el gusto que se obtiene recogiendo los frutos del árbol de la belleza corporal y desdeñan toda otra diligencia amorosa. Por esta senda corren todos aquellos que solo poseen un bárbaro ingenio. Otros hay que se proponen como meta el fruto de la delectación que les proporciona la vista de la hermosura y gracia espirituales que resplandecen y brillan en el encanto del cuerpo. Y aunque deploran el alejamiento y se sienten tristes por la separación, son sus cadenas la afabilidad, la conversación, la amistad y concordia". Con Giordano y bajo un cariz propiamente humano, hacer el Amor no es, pues, otra cosa que dialogar, enlazar ideas, trenzar sentimientos, hilvanar magia callada y cortés un instante bajo el cielo de la Eternidad, establecer vínculos misteriosos a través de las miradas silenciosas y los gestos callados y ardorosamente elocuentes. Y hay un Cielo superior que dedica y consagra la voluntad al estudio de las Ciencias, la fortaleza del espíritu, la reflexión interior, la diligencia activa filosófica, especulativa, desapegada de los fueros y leyes del mundo material, ruta de fuego y frío, "Como fría es la estrella pero ardiente el caminar del peregrino". Hay en la obra una preciosa metáfora mitológica que juega con el simbolismo de la historia de la Diosa Diana y el cazador Acteón. Acteón parte de casa y encuentra a la Diana desnuda y pudorosa que, celosa de su intimidad, le metamorfosea en ciervo, y le convierte en fácil presa de sus propios perros en trágico final. Para el filósofo heroico, Acteón es el amante burlado que persigue una llamada exterior que siempre se le hurta, constantemente esquiva y falaz. Pero su búsqueda de la de la belleza le convierte en belleza, Diana le transforma en ciervo (que es una forma de Diana): La Luna, esquivo reflejo de la luz del Sol, escapa de su abrazo como Dafne de Apolo, pero le convierte en luz, hace surgir en su interior aquello que busca afuera, y los veloces mastines de sus pensamientos devoran a su señor, consumen su propia luz interior. El amante se vuelve a sí mismo objeto de su búsqueda. Tal es el secreto de la conquista y seducción del furioso heroico. Caracterizan al héroe su búsqueda de lo imposible, su amor a los espacios abiertos infinitos, su ruta es una quimera; desea aprender lo inaprensible, alcanzar lo inalcanzable, columpiarse en las eternas redes sin tiempo y sin espacio de la Divinidad. Persigue un Objeto inmensurable, conquista una indescifrable Empresa. Mas, ¿qué importa? ¿qué otra amante más fiel que el crepitar del fuego infinito, el brillo del negro Trono de diamantes de Thule, el amor y la amistad de Hadas, Normas y Walkirias a través de los templos de la imaginación intelectiva? Las prodigiosas galerías de la Imaginación le descubren las figuras secretas, las últimas, más allá de las cuales se halla el Señor Silencioso despojado de toda máscara, pantomima o embarazo. Entiende Giordano Bruno que no hay ninguna fuerza intrínsicamente mala en la Naturaleza. Simplemente debemos dar a cada cosa el valor que realmente tiene, y cada llamada de los sentimientos no es si no la pálida sombra de otra llamada superior y celeste. "Es verdad que de ordinario las almas van herrando al azar, transportándose ya hacia la una ya hacia la otra forma del doble Eros; pues la principal enseñanza que le da Amor es que contemple en sombra (cuando no le es posible en espejo) la divina hermosura, y que, al igual que los pretendientes de Penélope se entretenga con las sirvientas cuando no se le sea permitido conversar con la dueña". Sencillamente, cada elemento humano –salvo aquellos que deben desaparecer, y aquí cada cual es su propio juez –debe ocupar el lugar que en la justa correspondencia de jerarquías le haya sido designado conforme a la razón y el discernimiento propios, pues "Así como Sileno, Pomona, Vertumno, el Dios de Lampsaco y sus congéneres que son dioses de la cuba, la cerveza áspera y las libaciones de vino, no se sientan en el cielo a beber el néctar y degustar la ambrosía en la mesa de Jove, Saturno, Palas, Febo y sus congéneres, del mismo modo sus edículos, templos, sacrificios y cultos deben ser diferentes a los de estos últimos". Desarrolla Bruno un complejo sistema de emblemas, conjuntos de imágenes y símbolos encabezados por un lema o mote que encierran un significado peculiar. El heroico furioso circunda y traspasa los diferentes emblemas atrapando su sentido oculto. Por ejemplo, el tercer emblema muestra en el escudo un niño desnudo recostado en el verde prado, que, con la cabeza apoyada en el brazo tiene vueltos sus ojos hacia el cielo, donde, sobre las nubecillas, se levantan estancias, torres, jardines y huertos de ciertos edificios; y encuéntrase también allí un castillo construido con fuego; y en medio esta la siguiente inscripción: Mutuo fulcimur. |