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El Nolano


Giordano Bruno

El amor no es ciego en sí y, si convierte en ciegos a algunos amantes, no es por sí mismo sino por la innoble disposición del sujeto, como ocurre cuando las aves nocturnas se ciegan en presencia del sol. En lo que a él se refiere, pues, el amor ilustra, esclarece, abre el intelecto, haciendo penetrar en él toda cosa y suscitando milagrosos efectos.. El amor "muestra" por tanto "el paraíso" en el sentido de que abre la comprensión, el entendimiento y la vía de la acción a cosas altísimas; o, también, engrandeciendo -en apariencia al menos- las cosas amadas.

 

 

 

De los Heróicos Furores


Giordano Bruno y De los heróicos furores

José Ramón Naranjo

Primera Sección

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Introducción

"La lámpara de las Treinta estatuas", "El canto de Circe", "La Cábala del caballo Pegaso", "Expulsión de la bestia triunfante", "De la magia", "Del infinito Universo y los mundos innumerables", "El Sello de los Sellos", "La Cena de las cenizas"… Títulos como éstos surgieron en el siglo XVI de la fértil y prodigiosa plumas del caballero nolano que habría de ser conocido –poco conocido- como Giordano Bruno.

Es una vieja historia, una historial mil veces grabada, repetida y archivada en los anales de la memoria. No importa; sucedió, sucede y seguirá sucediendo. No importan los nombres, las figuras tras la sombra son siempre las mismas. No importa tampoco el reverberar de los siglos, los gritos caldos sobre la piedra: El Temple, Giordano Bruno, Juana de Arco, Miguel Servet, Hipatia, Cagliostro… Todos ellos, lapidados o quemados vivos por crímenes de opinión contra el dogma de fe de una forma de culto.

No obstante, la muerte de Giordano Bruno en las hogueras del Santo Oficio ha simplificado excesivamente el estudio de su quehacer cultural. El legendario fraile con ínfulas de mago, corazón de poeta y orgullo de guerrero es hoy apenas una estatua de piedra fría en la plaza del Campo de las Flores en Roma. Dicen los que conocen la ciudad y visitan asiduamente la plaza que unas manos anónimas guardan celosamente la fresca vigilia de unas flores recién cogidas que duermen bajo su solio. ¿Qué queda, más allá de las flores recién cortadas bajo su imagen? Me temo que la vieja Roma haya revivido únicamente el símbolo de Lucifer, el Arcángel rebelde, el Enemigo del viejo pontífice católico. Sin embargo, sus obras, sus arcanos, sus emblemas de amor, su sistema de la memoria mágica, su cosmología, su legado cultural, en fin, sigue siendo un perfecto desierto para los hombres y mujeres de la divina Italia.

El Re-Nacimiento, ese prodigioso alarde de la Antigüedad clásica que intentó reencarnarse a sí misma, con resultados tristemente objetivos, quiso dar a luz, junto a valores universalmente encumbrados del pincel y la floresta literaria, a un verdadero Mago de la vieja Escuela Egipcia. No es tan célebre como Leonardo o Botticceli, pues ha sabido bañarse en esa aura de discreción de los magos, no obstante su pujante militancia ideológica. De cualquier modo, si alguien puede llamarse con derecho propio el Filósofo del Renacimiento, tal es sin duda Giordano Bruno Nolano.

Arropado en un prodigioso receptáculo cultural y humanista, casi como si un Ángel, allá en los Cielos, hubiese dejado caer un puñado de Almas grandes de artistas sobre la tierra de Italia, Giordano Bruno tomó cuerpo a principios de 1548.

Hizo de su vida una aventura radical y consecuente con su Idealismo atrevido y misterioso. Vivió a salto de caballo y pudo dejarnos, no obstante, infinidad de obras que una inteligencia media-alta no hubiese logrado rediseñar siquiera.

Obra difusa, farragosa y esotérica la de Bruno. Uno se pierde tras sus diálogos, sus precisiones sobre un Sol que engendra y es engendrado en sus movimientos, sus repentinos silencios o sus veladas evocaciones del Dragón, la Diana de los desiertos o el vértigo de correspondencias zodiacales, mitológicas o panteístas que danzan en la obra bajo la luz y el fuego de su intelecto militante. Por eso no quiere reglas Giordano Bruno a la hora de juzgar sus libros. Cada obra y cada autor florecen bajo una advocación diferente:

"Se glorían y pueden gloriarse de mirto aquellos que cantan amores. A éstos, si se conducen noblemente, les corresponde la corona de mirto, planta sagrada a Venus, en cuyo furor se reconocen. Pueden gloriarse de laureles aquellos que dignamente cantan cosas heroicas, presentándolas y celebrándolas como espejos ejemplares para las acciones políticas y civiles. Mas a los poetas no se les hacen sólo coronas de mirtos y laureles, sino también de pámpanos par los sacrificios y leyes, de chopo, olmo y espigas para la agricultura, de ciprés para los funerales y de otras especies innumerables para otras tantas circunstancias…".

¿Cuál es la Musa, corona o pámpano que preside la obra de Giordano Bruno? Mejor podríamos preguntar: ¿Hay alguna ausencia? ¿Qué Musa, Diosa o Hada, qué recoveco de la imaginación selectiva y espiritual no le habrá ofrecido sus gracias al hijo favorito de los Misterios? Pues así como él para trenzar el mirto y el laurel, la hiedra y el tirso dionisíaco con el rojo aquilón de Marte o el severo carcaj de Diana.

De cualquier modo, queda mucho en las tinieblas. Muy poco conocido y refrenado por una cultura "popular" masificante que ha heredado sus valores de la necesidad de mercado y las exigencias del vientre y las petulancias de la erudición, ofrecemos una muestra de su prodigioso broche. Broche que, quiéralo el Destino, será algún día Faro espiritual para los buscadores de hallazgos interiores de todas las razas, confesiones y cultos.

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Última actualización:  
20 de febrero del 2008
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