Así mismo, no olvido las discusiones que propicié como os dije, debido a mi casi natural e innata forma de hacerme a enemigos, por mi expresión directa y tajante por esta particular manera abierta y audaz de refutar toda teoría que consideraba estaba en contra de la búsqueda de la verdad y del rechazo de los dogmas impuestos por la Iglesia Católica. Me enfrenté en abierta lid contra los “Doctores de Oxford”, los Peripatéticos, los seguidores de Aristóteles, y de Ptolomeo. Mi lucha estaba centrada, entre otras, contra la concepción del mundo que reinaba desde hacía dos milenios, pues no aceptaba, como muchos de mis contemporáneos, que esta tradición académica se hubiera convertido en el pilar de la Escolástica Cristiana, unida al geocentrismo que se había constituido en el fundamento científico de todo el edificio dogmático. Sobre todo esto, se apoyaba una sociedad corrupta y dogmática. Partí de Inglaterra luego de que por boca de uno de mis discípulos – Giovanni Hennequin- hice saber abiertamente frente a mi auditorio: “estoy dispuesto a enfrentarme con todo tipo de peligros por amor a la verdad que deseo sacar a la luz y no me importa para nada, separarme de la familia aristotélica, aún a costa de quedarme solo”. Pasé a Alemania, donde Lucero, el monje agustino, dividió a Europa en dos: los Príncipes del norte abrazaron el protestantismo y los del sur atacaban como fieras con la Contrarreforma. En la Universidad de Wittenberg dicté mis cátedras luego de haber sido rechazado en Marburg, y allí encontré que respetaban la “libertad filosófica”, que es un derecho que se va a extender a través de todas las escuelas de filósofos librepensadores, abriéndose paso con la sangre de muchos hombres y mujeres mártires que pagamos con nuestras propias vidas, la libertad de pensamiento. Giordano: Hace frío, mucho frío… recuerdo vívidamente aquel aciago viernes 22 de mayo de 1592, cuando la dama de la noche extendía su velo por el cielo de Venecia. Mi discípulo Giovanni Moceningo con algún pretexto me condujo a un desván en donde me encerró bajo llave y prontamente me entregó a mis perseguidores, iniciándose allí el prólogo de un drama que duraría muchos años. La Congregación Inquisitorial compuesta por 7 Cardenales y 8 Teólogos a la cabeza del Cardenal Bellarmino, escudriñaron mis escritos y me condenaron por “apóstata, reincidente, hereje pertinaz y la nueva herejía de los innumerables mundos”. El Papa Clemente VIII ordenó que se promulgase la sentencia: La cárcel de los “Piombi” en Roma, quemado en la hoguera, vivo, luego de mucho martirio. “Piombi”. Como lo recuerdo. Las antorchas iluminaban la escalerilla que parecía introducirme al averno, y el techo, cada vez más bajo, daba lugar a babosas filtraciones; más abajo, una galería horizontal a cuyos lados se abrína puertas pequeñas, enrejadas. Continuó mi descenso por lugares aún más lóbregos… La base del palacio de los Dogos era un dédalo de pasadizos y celdillas, cegadas algunas por derrumbes. Vi comunicaciones secretas con los salones superiores, desde donde los nobles invitados a las fiestas bajaban a insultar y torturar. A presos tan “excepcionales” como a mí, nos ubicaban en grutas socavadas en el fondo de los canales marinos, eternamente sombríos y llenos de víboras, escuerzos, arañas y escorpiones. Allí se escuchaba el ruido de las olas y las corrientes, velado pero audible, que tornaba locos a varios de los que no podían oír otra cosa, sumidos en la oscuridad absoluta, durante los varios años que precedían a la muerte. Más abajo, un túnel tortuoso e inundado me condujo hasta la puerta de una celda… ya me encontraba a 20 mts. bajo el nivel del mar… que cerca y lejos me encuentro del final… Habla la historia: Y el “Filósofo del fuego” a pesar de vejámenes y martirios, serenamente explicó a sus verdugos el sentido de sus libros y conferencias, contestando que en nada atacaba a la religión cristiana, pero sí sus errores, ignorancias y métodos sangrientos. Reafirmó sus investigaciones científicas, asegurando que si buscaban en las Escrituras Sagradas de todas las religiones, sin excepción, dejando de lado dogmas y fanatismos, hallarían señales evidentes de una sabiduría eterna, más allá de la letra muerta. Y con respecto a su “Nueva Herejía de la pluralidad de los mundos” atinó a decir: |